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Capítulo 19: Marcas de guerra y miradas de fuego

 

El almuerzo transcurría en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido metálico de los cubiertos contra la porcelana. Isabella, haciendo caso omiso al consejo de Lucas, no había usado un cuello alto; llevaba un vestido de seda color perla con un escote en "V" que, aunque elegante, dejaba al descubierto los rastros de la intensidad de Gabriel. Dos marcas violáceas, claras y posesivas, adornaban la base de su cuello como una joya prohibida.

Gabriel estaba sentado a su lado, con una mano descansando casualmente en el muslo de Isabella por debajo de la mesa, irradiando una satisfacción que rozaba lo insultante.

—Madre —dijo Gabriel, rompiendo el hielo con una sonrisa cargada de malicia—, ¿estás bien? Te noto un poco... distraída. ¿Quizás te cansaste mucho cargando todas esas bolsas de compras esta mañana?

Elena se atragantó ligeramente con su vino y se aclaró la garganta, con las mejillas encendiéndose de nuevo.

—Yo... solo estoy un poco cansada, Gabriel. No es nada. Las compras para el bebé son emocionantes, eso es todo.

Arthur Miller miró a su esposa y luego a su hijo menor, captando de inmediato la corriente eléctrica que fluía entre ellos. Soltó un gruñido que podría haber sido una risa ahogada.

—Parece que la "emoción" por el nieto es contagiosa en esta casa —comentó Arthur con voz ronca—. Me alegra ver que finalmente están actuando como un matrimonio de verdad.

Fue en ese momento cuando Max entró al comedor. Venía de una reunión de negocios, todavía con el traje impecable pero con el rostro ensombrecido por la falta de sueño. Se sentó frente a ellos, ignorando a Briana, que ya estaba en la mesa tratando de llamar su atención sin éxito.

—Llego tarde —masmuró Max—. El mercado está volátil. Al menos alguien en esta familia trabaja por el apellido.

—Trabajar es importante, hermano —respondió Gabriel, inclinándose hacia atrás con una arrogancia suprema—, pero saber disfrutar de los beneficios de tener una esposa hermosa lo es más. Deberías probarlo alguna vez, en lugar de vivir pegado a una hoja de cálculo.

Max levantó la vista, listo para lanzar un dardo venenoso, pero sus ojos se detuvieron en el cuello de Isabella. Se quedó congelado. La sangre pareció abandonarle el rostro para luego regresar en una oleada de furia roja. Las marcas eran inconfundibles. No eran un accidente; eran una firma.

—¿Qué es eso, Isabella? —la voz de Max salió como un siseo, cargada de un asco que apenas ocultaba sus celos—. ¿Ahora también has perdido el decoro básico? ¿Venir a la mesa de mis padres con marcas de... de eso?

Isabella dejó su copa de agua con una calma que le sorprendió a ella misma. Miró a Max directamente a los ojos, sin rastro de la sumisión que tuvo durante dos años.

—Se llama pasión, Max. Es algo que ocurre cuando dos personas se desean y no están juntas por un contrato de negocios o por una traición —respondió ella, su voz clara y firme—. Y estoy en mi casa, con mi familia. No tengo por qué ocultar que mi esposo me ama.

—¡Eso no es amor! —rugió Max, golpeando la mesa—. ¡Eso es marcar territorio como un animal! ¡Gabriel, eres un salvaje! ¿Cómo te atreves a tocarla así bajo este techo?

Gabriel soltó una risa oscura, una que hizo que hasta los criados en las sombras se tensaran. Se inclinó hacia adelante, cruzando los brazos sobre la mesa, mostrando sus tatuajes y su anillo de bodas.

—Tienes razón, Max. Soy un salvaje —admitió Gabriel, su mirada volviéndose gélida—. Soy el salvaje que la rescató de tu frialdad. Soy el salvaje que la hace gritar mi nombre mientras tú te ahogas en tus acciones de bolsa. Y sí, la marqué. Porque quiero que cada vez que se mire al espejo, y cada vez que tú tengas la osadía de mirarla, recuerdes exactamente a quién pertenece ahora.

—¡Ella era mi esposa! —gritó Max, levantándose de su silla.

Era la palabra clave —intervino Arthur Miller con autoridad—. Siéntate, Max. Estás haciendo el ridículo. Isabella es ahora la esposa de tu hermano y la madre de su hijo. Lo que pase en su habitación no es de tu incumbencia.

—¡Padre, mírala! ¡Es una vergüenza para el apellido! —exclamó Briana, intentando meter cizaña—. Isabella siempre fingió ser tan pura y ahora...

—¡Cállate, Briana! —le gritó Isabella, perdiendo la paciencia—. Tú eres la menos indicada para hablar de vergüenza. Te metiste en mi cama mientras yo todavía dormía en ella. Al menos yo tengo la decencia de estar con mi esposo legal, no con el marido de mi mejor amiga.

Gabriel pasó su brazo por los hombros de Isabella, atrayéndola hacia él de forma protectora.

—No pierdas el tiempo con ella, nena —le susurró al oído, pero lo suficientemente alto para que Max lo oyera—. Los perdedores siempre gritan más fuerte cuando saben que no pueden recuperar lo que desperdiciaron.

Max estaba temblando de rabia. Ver a Gabriel tan orgulloso, tan dueño de la situación, y ver a Isabella florecer bajo el toque de su hermano lo estaba volviendo loco.

—Esto no ha terminado, Gabriel —amenazó Max—. Ese bebé... voy a exigir una prueba de ADN en cuanto nazca. No me creo que sea tuyo. No me creo que ella haya caído tan bajo tan rápido.

Gabriel se levantó lentamente, su altura dominando la habitación. El aura de peligro que lo rodeaba se volvió casi tangible.

—Haz lo que quieras, Max. Pide todas las pruebas que necesites. Pero te advierto algo: si te acercas a menos de diez metros de mi esposa o de mi hijo con tus abogados, te enterraré tan profundo que ni tus contadores podrán encontrarte.

Elena, que había estado observando todo con una mezcla de pena y alivio, se levantó también.

—Basta. Max, vete a tu despacho. Gabriel, Isabella... por favor, disculpen a su hermano. Está... confundido.

—No estoy confundido, madre. Estoy asqueado —escupió Max antes de salir del comedor hecho una furia.

Gabriel volvió a sentarse, tomando la mano de Isabella y besándole los nudillos, sin apartar la vista de la puerta por donde Max se había ido.

—No te preocupes, nena —murmuró Gabriel—. Deja que ladre. Los perros que ladran no muerden, y si lo intenta... yo mismo le arrancaré los dientes.

Isabella suspiró, sintiendo el calor de la mano de Gabriel. Odiaba el conflicto, pero no podía negar que ver a Max derrotado y a Gabriel defendiéndola con esa ferocidad la hacía sentir más segura de lo que jamás se sintió en toda su vida anterio

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