Desorden, fluidos y visitas inoportunas

La luz del amanecer en la suite nupcial no trajo la calma habitual. El aire estaba saturado con el aroma del deseo satisfecho, una mezcla de sándalo, piel tibia y esa electricidad que solo queda después de una noche de tormenta. Isabella despertó lentamente, sintiendo el peso reconfortante de Gabriel a su espalda. Estaban desnudos, despojados de cualquier armadura, con las sábanas de seda enredadas en sus piernas como testigos mudos de su batalla nocturna.

Gabriel no estaba dormido. Sus dedos,
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