Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz del amanecer en la suite nupcial no trajo la calma habitual. El aire estaba saturado con el aroma del deseo satisfecho, una mezcla de sándalo, piel tibia y esa electricidad que solo queda después de una noche de tormenta. Isabella despertó lentamente, sintiendo el peso reconfortante de Gabriel a su espalda. Estaban desnudos, despojados de cualquier armadura, con las sábanas de seda enredadas en sus piernas como testigos mudos de su batalla nocturna.
Gabriel no estaba dormido. Sus dedos, expertos en encontrar los puntos de quiebre de Isabella, viajaron con una lentitud tortuosa hacia sus pechos. Empezó a acariciar sus pezones con las yemas, trazando círculos que hacían que la piel se erizara al instante.
—Gabriel... —Isabella soltó un jadeo traicionero, arqueando la espalda contra el pecho sólido de él—. Dijimos... dijimos que solo manos.
—Las reglas están para romperse, nena —susurró Gabriel contra su nuca, su voz más ronca que de costumbre—. Y tú no pareces estar muy ansiosa por detenerme.
Él no esperó respuesta. Aprovechando la posición de "cuchara", Gabriel se acomodó desde atrás. Isabella sintió la dureza de su virilidad presionando contra la comisura de sus muslos. Con una mano, él guió su miembro hasta situarlo justo entre los labios de su sexo, sin llegar a penetrarla del todo, respetando el límite físico pero desafiando cada nervio de su cuerpo.
Empezó a moverse con un ritmo rítmico y constante, una fricción húmeda y ardiente que hizo que Isabella apretara los dientes para no gritar. Gabriel le besaba el cuello, succionando la piel delicada justo debajo de la oreja, dejando marcas violáceas que serían imposibles de ocultar con cualquier vestido de diseñador.
—Eres mía, Isabella —gruñó él, sus manos apretando sus caderas para intensificar el roce—. Grábate esto en la piel. Cada marca, cada espasmo... todo es mío.
Isabella perdió la noción del tiempo y del espacio. El roce era tan preciso, tan cargado de la historia compartida de aquel lago y la furia del presente, que el clímax los alcanzó como una ola gigante. Ella se tensó, soltando un gemido ahogado en la almohada, mientras Gabriel se aferraba a ella con una fuerza casi dolorosa, llegando a su propio clímax en una explosión que dejó la cama hecha un desastre.
Se quedaron así, jadeando, envueltos en el sudor y los fluidos que empapaban las sábanas de seda. Gabriel no se movía; parecía querer fundirse con ella, manteniendo su rostro enterrado en su cabello.
—Joder, nena... —murmuró él, recuperando el aliento—. Te dije que no necesitábamos más.
De repente, un sonido seco rompió la burbuja.
¡CLACK! ¡PUM!
Algo pesado cayó justo en el umbral de la puerta, que no estaba echada con llave.
—¡Oh, por todos los santos! —la voz de Elena Miller resonó en la habitación, cargada de una mezcla de horror y sorpresa absoluta.
Isabella se giró con la velocidad de un rayo, cubriéndose con lo que quedaba de la sábana, con los ojos abiertos como platos. Gabriel se incorporó sobre un codo, luciendo una expresión de fastidio monumental, sin molestarse demasiado en cubrir su torso desnudo y sudado.
En la puerta, Elena Miller estaba de pie, rodeada de varias bolsas de tiendas de lujo para bebés que se habían desparramado por el suelo. Tenía una mano sobre su boca y la otra sosteniendo su bolso, con las mejillas encendidas en un rojo escarlata. Detrás de ella, Lucas apareció como una sombra, con su habitual cara de piedra, aunque una chispa de diversión brillaba en sus ojos.
—¡Mamá! —rugió Gabriel—. ¿Qué demonios haces entrando así?
—¡Yo... yo solo traía unas mantitas de cachemira y unos patucos que compré en la ciudad! —balbuceó Elena, retrocediendo a trompicones—. La puerta estaba entornada y pensé que estarían... desayunando... ¡Ay, Dios mío, Arthur me va a matar! ¡Sigan, sigan en lo suyo! ¡No he visto nada! ¡Absolutamente nada!
Elena dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo con una agilidad impropia de su edad, dejando las bolsas tiradas en el suelo como evidencia de su intrusión.
Lucas, que seguía en el umbral, miró el desorden de la cama: las sábanas revueltas, las marcas de pasión en el cuello de Isabella y la actitud posesiva de Gabriel. Se permitió una pequeña risa, un sonido seco que rara vez se le escuchaba.
—Señor Miller —dijo Lucas, agarrando el pomo de la puerta—. Le sugerí que pusiera el pestillo. Parece que la señora Elena está muy emocionada con el nieto... o con la idea de que finalmente están "conectando".
—Vete al carajo, Lucas —respondió Gabriel, aunque no pudo evitar que una sonrisa arrogante asomara a sus labios.
—Me retiro, señor. Les daré la privacidad que claramente necesitan para... terminar de arreglar las sábanas —añadió Lucas con ironía—. Y señora Isabella, le sugiero que use un cuello alto hoy. Su suegra tiene la lengua muy larga cuando está nerviosa.
Lucas cerró la puerta con suavidad, dejando que el clic del pestillo pusiera fin a la interrupción.
El silencio volvió a la habitación, pero era un silencio diferente. Isabella escondió el rostro entre las manos, sintiendo que el calor de la vergüenza competía con el placer que aún sentía en sus venas.
—¡Esto es tu culpa! —le gritó a Gabriel, dándole un puñetazo juguetón en el hombro—. ¡Te dije que cerraras la puerta! ¡Ahora tu madre cree que somos unos animales!
Gabriel la atrapó por las muñecas y la atrajo de nuevo hacia él, rodando hasta quedar encima de ella, ignorando el desastre de la cama.
—Mi madre está feliz, nena. Probablemente ya esté llamando a mi padre para decirle que habrá más de un nieto si seguimos a este ritmo —se burló él, besándole la punta de la nariz—. Y técnicamente, somos animales. Los Miller no somos conocidos por nuestra sutileza en el dormitorio.
—Eres un imbécil —respondió ella, aunque sus dedos se entrelazaron con los de él—. ¿Cómo voy a bajar a desayunar ahora? ¡Me voy a morir de la vergüenza!
—No te preocupes. Nadie se atreverá a decirte nada mientras yo esté al lado —Gabriel se puso serio por un momento, acariciando la marca que acababa de dejar en su cuello—. Isabella, lo que dije anoche y lo que pasó ahora... no es un juego. No puedo arreglar el pasado, no puedo borrar que me fui y que sufriste. Pero grábatelo bien: no te vas a ir de mi lado. No hay divorcio, no hay escape. Eres mía, y voy a pasar cada día de mi vida asegurándome de que lo entiendas.
Isabella lo miró a los ojos, viendo la mezcla de obsesión y protección que siempre la había asustado y atraído a partes iguales.
—¿Y si yo no quiero quedarme, Gabriel?
—Entonces tendré que seguir haciendo esto hasta que se te olvide cómo se pronuncia la palabra "divorcio" —respondió él antes de volver a besarla con una hambre renovada.
Afuera, en el pasillo, Lucas seguía sonriendo mientras recogía las bolsas de Elena. Sabía que la guerra con Max seguía ahí fuera, pero dentro de esa habitación, Gabriel Miller finalmente había ganado la única batalla que realmente le importaba.







