Reglas de seda y tacto

La habitación estaba sumergida en una penumbra cálida, interrumpida solo por el resplandor de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas. Isabella estaba recostada contra el cabezal de la cama, tratando de estabilizar su respiración después de lo ocurrido en la ducha, pero Gabriel no se lo ponía fácil. Él estaba medio sentado a su lado, con el torso desnudo y la piel aún irradiando el calor del agua, y su mano derecha seguía allí, moviéndose con una parsimonia posesiva sobre el pech
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