Mundo ficciónIniciar sesiónLa habitación estaba sumergida en una penumbra cálida, interrumpida solo por el resplandor de la luna que se filtraba por las cortinas entreabiertas. Isabella estaba recostada contra el cabezal de la cama, tratando de estabilizar su respiración después de lo ocurrido en la ducha, pero Gabriel no se lo ponía fácil. Él estaba medio sentado a su lado, con el torso desnudo y la piel aún irradiando el calor del agua, y su mano derecha seguía allí, moviéndose con una parsimonia posesiva sobre el pecho de Isabella, bajo la fina seda de su pijama.
—¡Gabriel, ya basta! —lo regañó ella, aunque su voz carecía de la fuerza necesaria para ser una orden real—. Te dije que eso era suficiente por hoy. Me vas a gastar la piel.
Gabriel soltó una risa baja, un sonido vibrante que parecía nacer en lo más profundo de su pecho. No retiró la mano; en su lugar, delineó la curva superior con el pulgar, disfrutando de la reacción instantánea de Isabella.
—Nena, te dije que no habría más mujeres en mi vida, y lo estoy cumpliendo —murmuró él, acercando su rostro al de ella hasta que sus narices se rozaron—. Pero tienes que entender algo: soy un hombre de carne y hueso, no un monje de clausura. Tengo a la mujer que he deseado por una década en mi cama, legalmente mía, oliendo a vainilla y a pecado... ¿Realmente esperas que me quede aquí mirando el techo como si fuera un santo?
Isabella apartó la mirada, sintiendo el rubor subir por sus mejillas.
—Es diferente. Todo esto es... acelerado. No estoy lista para dar el siguiente paso, Gabriel. No después de lo que Max hizo, no con todo este caos del bebé y la familia. Mi cuerpo se siente extraño, mi mente es un desastre.
—Lo sé —respondió él, y por un momento, la arrogancia desapareció de sus ojos, reemplazada por una comprensión oscura—. Sé que tienes miedo de que yo sea otra decepción. Pero no necesito que te entregues por completo hoy si no quieres. No necesito follar para tenerte, Isabella.
Ella frunció el ceño, intrigada y nerviosa a la vez.
—¿Entonces qué propones? Porque dudo que te conformes con leer un libro antes de dormir.
Gabriel sonrió, una sonrisa que prometía incendios. Se incorporó un poco más, rodeando la cintura de ella para atraerla hacia el centro de la cama, quedando por encima pero manteniendo su peso sobre los codos.
—Propongo que exploremos los límites —dijo él, su voz volviéndose una caricia ronca—. Tengo varias ideas que no implican llegar al acto final. Podemos usar las manos, nena. Podemos usar la boca. Podemos frotarnos hasta que la piel nos queme, sin llegar a penetrarte, hasta que tú misma me lo supliques porque ya no aguantas más. Quiero que te acostumbres a mi tacto, quiero que tu cuerpo aprenda que mis manos son tu único refugio.
Isabella tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía escaso en la habitación.
—¿Y qué ganas tú con eso? —susurró ella—. Pareces un hombre que siempre quiere el premio mayor.
—Gano verte rendida. Gano saber que yo soy el que provoca esos sonidos que intentas ahogar en la almohada —Gabriel bajó la mano hacia el dobladillo de la pijama de ella—. Y gano el derecho de que me dejes masturbarme frente a ti, viéndote a los ojos, mientras imagino cada milímetro de lo que voy a hacerte cuando finalmente digas que sí.
—¡Eres un descarado! —exclamó Isabella, pero no se movió cuando él empezó a desabrochar los botones de su blusa de seda.
—Soy honesto, nena. Es diferente —replicó él.
Con una lentitud tortuosa, Gabriel le quitó la blusa y luego el pantalón de la pijama, dejando a Isabella expuesta bajo la luz de la luna. Él la miró con una devoción que rozaba lo religioso, recorriendo con la vista cada curva, deteniéndose en la sutil redondez de su vientre donde crecía su heredero.
—Eres perfecta —dijo él, y su voz tembló apenas un milímetro.
Gabriel se deshizo de lo último que lo cubría y se acomodó entre las piernas de ella, pero sin intentar entrar. Se posicionó de manera que su virilidad, tensa y palpitante, rozara el muslo de Isabella. Ella soltó un jadeo, aferrándose a las sábanas.
—Mira, Isabella —ordenó él, su voz volviéndose autoritaria—. Mira lo que me haces.
Gabriel tomó la mano derecha de Isabella. Ella intentó cerrarla en un puño, pero él entrelazó sus dedos con los de ella, obligándola a abrir la palma. Con una firmeza que no admitía réplica, guió la mano de ella hacia abajo, hasta que Isabella sintió la calidez abrumadora y la dureza de su miembro entre sus dedos.
—Siente esto —susurró Gabriel, guiando el movimiento de la mano de ella, enseñándole el ritmo, la presión exacta—. Esto es lo que provocas. No es un juego de poder de Max, no es un contrato corporativo. Es deseo puro, nena. Es el hombre que te ama muriendo por un poco de tu tacto.
Isabella cerró los ojos, pero Gabriel la obligó a abrirlos de nuevo.
—No cierres los ojos. Mírame —dijo él—. Quiero que veas mi cara mientras tú me llevas al borde. Quiero que entiendas que no hay nadie más. Que mi placer empieza y termina en tus manos.
Isabella empezó a mover la mano por su cuenta, siguiendo el ritmo que él le había enseñado, pero añadiendo su propia curiosidad. Ver la expresión de Gabriel —la mandíbula apretada, los ojos oscuros nublados por la necesidad, el sudor brillando en sus sienes— le dio a ella un tipo de poder que nunca había sentido con Max. Con Max, ella era el objeto; con Gabriel, ella era la causa.
Gabriel empezó a frotarse contra el muslo de ella al mismo tiempo, creando una fricción que hizo que Isabella arqueara la espalda. El contacto de piel contra piel, el sonido de las respiraciones agitadas y el aroma a deseo que llenaba la suite crearon una atmósfera eléctrica.
—Así, nena... exactamente así —gruñó Gabriel, echando la cabeza hacia atrás mientras ella intensificaba el movimiento—. Joder, eres lo único que necesito.
Después de unos minutos de una tensión insoportable, Gabriel llegó al clímax frente a ella, apretando la mano de Isabella contra sí mismo, con su mirada clavada en la de ella hasta el último segundo. El silencio que siguió fue solo roto por el latido desbocado de sus corazones.
Gabriel se desplomó sobre ella, enterrando el rostro en su cuello, respirando con dificultad. La abrazó con una fuerza casi dolorosa, rodeando su cuerpo con sus brazos masivos.
—No puedo arreglar el pasado, Isabella —susurró él contra su piel, repitiendo la promesa de la ducha pero con una convicción renovada por la intimidad—. No puedo borrar el daño que ese imbécil te hizo ni el tiempo que perdí lejos de ti. Pero te juro que no vas a irte de mi lado. No hay divorcio, no hay "hasta que el bebé nazca". Te voy a tener así, cada noche, hasta que entiendas que no perteneces a ningún otro lugar que no sea este.
Isabella no respondió, pero no lo empujó. Dejó que sus dedos se perdieran en el cabello húmedo de Gabriel, sintiendo por primera vez que, tal vez, la libertad que tanto buscaba no estaba fuera de esa habitación, sino en la seguridad feroz de los brazos del hombre que la reclamaba.







