Mundo ficciónIniciar sesiónEl motor del Bentley rugía con una potencia contenida mientras Lucas conducía en un silencio sepulcral, con la vista fija en la carretera y la expresión de quien ha aprendido a ser invisible cuando los Miller se despedazan entre ellos. En el asiento trasero, el aire estaba tan cargado que Isabella sentía que podía asfixiarse.
Gabriel extendió su mano tatuada, buscando la de Isabella sobre el cuero del asiento. Sus dedos rozaron los de ella con una suavidad que contrastaba con la violencia con la que había defendido su honor minutos atrás.
Isabella retiró la mano como si el contacto la quemara, pegándola a su propio vientre.
—No me toques, Gabriel —dijo ella, mirando por la ventana hacia los edificios que pasaban a toda velocidad.
—Acabamos de ganar el primer round frente a toda mi familia, nena —respondió Gabriel, soltando un suspiro de frustración—. Fuimos un equipo allá adentro. ¿Vas a seguir con el castigo del silencio ahora que estamos solos?
—No somos un equipo —ella se giró para enfrentarlo, con los ojos nublados por una mezcla de rabia y cansancio—. Somos un negocio. Un pacto de supervivencia. No confundas el hecho de que use tu apellido para destruir a Max con el hecho de que haya olvidado lo que vi en tu teléfono anoche.
Gabriel apretó la mandíbula, sus ojos oscureciéndose.
—Te lo dije mil veces: ese mensaje no significa nada. Borré el número y bloqueé a esa mujer delante de ti antes de salir de la habitación. ¿Qué más quieres, Isabella? ¿Quieres que la mande a eliminar? Porque si eso te hace sentir más segura, solo tienes que pedirlo.
—¡Ese es tu problema! —exclamó ella, alzando la voz—. Crees que todo se soluciona con poder o con eliminar obstáculos. No entiendes que el problema no es ella, sino tú. No has cambiado nada, Gabriel. Sigues siendo el mismo manipulador que me dejó sola después de lo del lago.
Gabriel se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio hasta que Isabella sintió el calor de su cuerpo.
—¿Otra vez con lo del lago? —preguntó él en un susurro peligroso—. Han pasado casi diez años. ¿Por qué te empeñas en usar ese recuerdo como un arma contra mí?
—Porque fue la primera vez que me rompieron el corazón, y fuiste tú quien sostuvo el martillo —respondió Isabella, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir, aunque se juró no llorar frente a él—. Me dijiste que nos iríamos de aquí. Me dijiste que me amabas bajo esa luna, y al día siguiente... al día siguiente te vi con esa chica en el pueblo, riendo como si lo que pasó entre nosotros hubiera sido un juego de niños. Y luego desapareciste. Te fuiste a tus "negocios" y me dejaste a merced de Max, que fue el único que se quedó a recoger los pedazos.
Gabriel guardó silencio durante un largo momento. La mención de esa chica del pasado pareció encender una chispa de algo que Isabella no pudo identificar: ¿era culpa o era una verdad que él no podía decir?
—No tienes idea de lo que pasó ese día, nena —dijo Gabriel, su voz volviéndose extrañamente suave—. Crees que lo viste todo, pero solo viste lo que querías creer para odiarme y lanzarte a los brazos de mi hermano. Max siempre fue el "hijo perfecto", el refugio seguro. Yo era el peligro. Y tú tuviste miedo de lo que sentías conmigo.
—¡No fue miedo, fue traición! —le gritó ella—. Y anoche, cuando vi esa foto en tu teléfono, sentí exactamente lo mismo que a los diecisiete años. La misma náusea. La misma certeza de que soy solo una parada en tu camino, un trofeo que le robaste a tu hermano para satisfacer tu ego.
Gabriel se acercó más, atrapando el rostro de Isabella entre sus manos antes de que ella pudiera esquivarlo. Sus pulgares acariciaron sus pómulos con una intensidad desesperada.
—Mírame —ordenó él—. Mírame a los ojos y dime que crees que esto es por ego. He pasado dos años viendo cómo ese imbécil te ignoraba, viendo cómo te marchitabas en esa mansión de cristal mientras yo me moría por entrar y sacarte de allí a balazos. Si quise este matrimonio, si reclamé a este hijo como mío antes de que Max pudiera ponerle una mano encima, es porque no voy a dejar que te pierdas otra vez.
—No soy un objeto que puedas "reclamar", Gabriel.
—Lo sé. Eres la única mujer que me ha hecho arrodillarme sin que nadie me apunte con un arma —él bajó la voz, su frente rozando la de ella—. No me alejes. No ahora que el mundo entero va a venir por nosotros. Max no se va a quedar quieto. Briana va a intentar destruirte. Necesito que confíes en mí, aunque me odies por lo que pasó a los diecisiete.
Isabella cerró los ojos, sintiendo la lucha interna desgarrándola. La mano de Gabriel volvió a buscar la suya y, esta vez, ella no la retiró, aunque tampoco le devolvió el apretón.
—No sé si puedo confiar en ti, Gabriel —susurró ella—. Pero tengo que confiar en el hombre que protege a mi hijo. Por ahora, eso tendrá que ser suficiente.
Gabriel besó su frente, un gesto cargado de una promesa silenciosa que iba mucho más allá de su pacto.
—Es un comienzo, nena. Es un comienzo.
Lucas, desde el espejo retrovisor, vio cómo la tensión en el asiento trasero disminuía apenas un milímetro. Negó con la cabeza y tomó la curva que los llevaba directo a la clínica privada de la familia Miller. La guerra apenas estaba comenzando, pero en ese auto, entre reproches y recuerdos, se estaba gestando algo mucho más peligroso que cualquier tiroteo: un amor que se negaba a morir







