El portazo de Isabella resonó en toda la suite nupcial, un estruendo que buscaba poner fin a la conversación que habían tenido en el auto. Entró furiosa, arrojando su bolso sobre la cama de seda y caminando de un lado a otro como un león enjaulado. El conjunto verde esmeralda que llevaba parecía asfixiarla.
—¡Sal de aquí, Gabriel! —gritó sin darse la vuelta, sabiendo perfectamente que él la había seguido—. Necesito un momento a solas. ¡Vete a tu otra habitación, a tu oficina, al infierno si qui