Capítulo 12: Desnudez y cenizas del pasado

 

El portazo de Isabella resonó en toda la suite nupcial, un estruendo que buscaba poner fin a la conversación que habían tenido en el auto. Entró furiosa, arrojando su bolso sobre la cama de seda y caminando de un lado a otro como un león enjaulado. El conjunto verde esmeralda que llevaba parecía asfixiarla.

—¡Sal de aquí, Gabriel! —gritó sin darse la vuelta, sabiendo perfectamente que él la había seguido—. Necesito un momento a solas. ¡Vete a tu otra habitación, a tu oficina, al infierno si quieres, pero sal de mi vista!

La puerta se cerró suavemente detrás de él. Gabriel no gritó. De hecho, su voz era peligrosamente tranquila cuando respondió, una calma que siempre precedía a la tormenta en él.

—Lamento informarte, nena, que esta es nuestra habitación. No hay "otra". Los Miller no dormimos en habitaciones separadas cuando estamos casados, y mucho menos cuando el mundo entero está esperando ver una grieta en nuestra armadura.

Isabella se giró, con los ojos echando chispas.

—¡Me importa un bledo lo que esperen los Miller! —espetó ella, cruzando los brazos—. No puedo estar en el mismo metro cuadrado que tú sin sentir que me asfixio. Anoche rompiste las reglas, esta mañana me usaste como un trofeo frente a tus padres, y ahora... ¡ahora simplemente te niegas a darme espacio!

Gabriel sonrió, una sonrisa torcida y arrogante que no llegó a sus ojos oscuros. Caminó hacia ella con una lentitud tortuosa, cada paso marcando su territorio.

—¿Espacio? —preguntó él, deteniéndose a escasos centímetros de ella—. Te di dos años de espacio, Isabella. Dos años en los que te vi marchitarte con mi hermano mientras yo me moría por dentro. Ya no hay más espacio. Estamos juntos en esto, hasta el final.

Sin apartar la vista de los ojos desafiantes de ella, Gabriel llevó sus manos a su corbata y empezó a aflojarla con movimientos lentos y deliberados. Luego, procedió a desabrocharse los botones de la camisa, uno por uno.

—¿Qué estás haciendo? —la voz de Isabella tembló ligeramente, aunque se juró no retroceder—. ¡Gabriel, detente!

—Me estoy quitando la ropa, Isabella —respondió él con naturalidad, dejando caer la camisa al suelo, revelando el torso tatuado y musculoso que ella había golpeado esa mañana—. Tengo calor, estoy cansado de fingir ser el "esposo perfecto" frente a mi familia, y necesito una ducha. Y dado que esta es mi habitación, me desnudaré donde me plazca.

Gabriel continuó, deshaciéndose del cinturón y de los pantalones con una indiferencia que enfureció a Isabella. En cuestión de segundos, se quedó completamente desnudo frente a ella, erguido y arrogante, luciendo cada cicatriz y cada marca de su vida peligrosa con una pose posesiva.

—¡Eres un animal! —gritó Isabella, cubriéndose los ojos con las manos, aunque un traicionero destello de memoria la asaltó—. ¡Vístete ahora mismo! ¡No puedes simplemente... simplemente quedarte ahí así!

Gabriel soltó una carcajada ronca y oscura. Dio un paso más hacia ella, hasta que Isabella pudo oler el sándalo y el jabón de su piel, mezclado con el aroma del peligro que siempre lo rodeaba.

—¿Por qué te cubres los ojos, nena? —le susurró al oído, su aliento caliente erizándole la piel—. No finjas que esto te asusta. No es como si no me hubieras visto antes.

Isabella bajó las manos lentamente, encontrándose con su mirada desafiante. El rubor subió por su cuello, no de vergüenza, sino de una rabia mezclada con algo mucho más peligroso.

—Eso fue hace diez años, Gabriel —dijo ella, su voz apenas un susurro—. Mucho ha cambiado desde entonces.

—Tal vez —replicó él, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano, un gesto que ella no pudo esquivar—. Pero algunas cosas nunca cambian. No solo me viste antes, Isabella. Me probaste. Fuiste la primera mujer en verme... "funcionar", como tú dirías. Fuiste la primera en sentir cómo latía mi corazón bajo esta piel. Y por mucho que intentes olvidarlo, por mucho que intentes borrarlo con tu matrimonio de cristal con Max, ese recuerdo sigue quemándote por dentro.

Él se inclinó, rozando sus labios contra los de ella, sin llegar a besarla, una tortura silenciosa que la dejó sin aliento.

—¿Vas a decirme que no te acuerdas, nena? —preguntó él, su voz volviéndose suave y letal—. ¿Vas a decirme que cuando me ves así, no sientes exactamente lo mismo que sentiste bajo la luna en el lago?

La mención del lago fue la gota que derramó el vaso. Isabella reaccionó con una furia repentina. Agarró la almohada más cercana de la inmensa cama y se la lanzó con todas sus fuerzas directamente a la cara.

—¡Vete al infierno, Gabriel Miller! —gritó ella, con la respiración entrecortada—. ¡No te atrevas a comparar lo que pasó esa noche con esta... esta farsa! ¡Fuiste tú quien me engañó, fuiste tú quien se fue! ¡No tienes derecho a reclamar nada de mí!

Gabriel atrapó la almohada en el aire con una facilidad insultante, riendo entre dientes. La arrojó de vuelta a la cama y la miró con una mezcla de diversión y una obsesión que la hizo estremecer.

—Está bien, nena. Veo que todavía no estás lista para aceptar la verdad —dijo él, girándose y caminando hacia el baño, sin importarle lo más mínimo su desnudez—. Me iré a duchar. Y cuando salga, espero que hayas calmado ese fuego tuyo, porque te aseguro algo... si vuelves a golpearme, o si vuelves a lanzarme algo, olvidaré que prometí ser paciente y te recordaré exactamente por qué esa inexperta chica del lago se enamoró de mí.

Gabriel entró al baño y cerró la puerta de golpe. Segundos después, el sonido del agua cayendo llenó la suite.

Isabella se desplomó sobre la cama, apretando la almohada que él había tocado contra su pecho. Odiaba que él tuviera tanta razón. Odiaba que, a pesar de todo, a pesar de la traición y de los años de silencio, ver su cuerpo desnudo y escuchar su voz le provocara una reacción que Max nunca había logrado despertar en ella.

—Maldito seas, Gabriel —susurró ella, cerrando los ojos—. Maldito seas por hacerme sentir viva otra vez.

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