La mañana amaneció despacio. No como una explosión de luz, sino como un susurro de claridad que se filtraba por los ventanales altos del salón. El sol entraba a través de las cortinas translúcidas, pintando la habitación con una calidez dorada. El aroma al café recién hecho flotaba en el aire, mezclado con la suavidad de la lavanda seca que alguien había colocado en pequeños ramos en los marcos de las ventanas.
Elena se despertó aún envuelta en la manta que Alejandro le había colocado la noche