El motor rugía suave bajo el capó, pero Gabriel apenas lo oía. Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Conducía por la autopista como si fuera una pista de carrera, pero no había apuro en su destino. Solo furia. Solo ese zumbido en la cabeza que volvía a cada instante la imagen de Sophia mirándolo directo a los ojos, diciéndole que sabía todo.
—Maldita perra… —murmuró, sin darse cuenta, golpeando el volante con la palma.
La había subestimado