Por unos segundos, el aire se volvió más espeso. Gabriel se adentró en el departamento como si le perteneciera, y Sophia sintió que la temperatura descendía un grado con cada paso suyo. Llevaba el uniforme nacional, el cuello de la camiseta desajustado, el pecho apenas sudado y un brillo ansioso en los ojos. Era un hombre preparado para una victoria, pero no deportiva. Una victoria personal. Privada. Íntima.
Sophia fingió sonreír, aunque por dentro una alarma antigua repiqueteaba en su pecho. N