El apartamento estaba mudo. Una cápsula de silencio suspendida entre las paredes pulidas, el parquet que no crujía, y la luz demasiado blanca que se colaba por las persianas cerradas. Sophia dio un paso atrás, observando la puerta sellada como si de pronto se hubiera vuelto parte del muro, una pieza más de ese rompecabezas sin salida.
Golpeó.
Primero con suavidad. Luego con más fuerza.
—¡Gabriel! —gritó, con una voz que sonaba más niña que mujer—. ¡Gabriel, abre esta puerta!
El eco fue lo único