Dentro de la ambulancia, el aire era más denso que el barro que les cubría la piel.
Sophia temblaba. No sabía si por el frío que calaba los huesos o por el miedo que se le había incrustado en la columna vertebral. Tal vez por ambas cosas. Las sirenas ululaban como fantasmas desesperados, anunciando una tragedia que aún no terminaba de escribirse. A su lado, Xavier no soltaba su mano, ni siquiera cuando el paramédico los cubrió con una manta áspera y seca que olía a hospital y desinfección.
—Est