El regreso de Alexander a la mansión de Coral Gables no tuvo la fanfarria de los vencedores, sino el silencio reverente de los supervivientes. El coche blindado cruzó las puertas de hierro forjado bajo la luz anaranjada del atardecer. Camila lo esperaba en el pórtico, no como la ejecutiva de hierro que había tomado el control de la ciudad, sino como la mujer que había contenido la respiración durante veinticuatro horas.
Cuando Alexander bajó del vehículo, cojeando visiblemente y con el brazo en