El grito amplificado de la policía se convirtió en una señal de demolición.
—¡Último aviso! ¡Abra la puerta o será forzada!
Alexander no respondió. Su mente, forjada en la presión de los mercados financieros y la supervivencia personal, operaba a la velocidad del rayo. Tenía menos de diez segundos.
Rápidamente, se volvió hacia Camila, su rostro de piedra. —Ve a la azotea. Ahora.
Camila Ríos, a pesar del terror, asintió. Se puso la pequeña mochila, se dirigió a la parte trasera del apartamento y