El aire en la sala de interrogatorios no era solo frío; era denso, pesado con la amenaza de la verdad no dicha. Alexander Blackwood estaba sentado, con las esposas quitadas temporalmente, frente a una mesa de acero que parecía diseñada para confesar crímenes de guerra, no simples delitos financieros.
El foco en el techo no solo le quemaba la piel, sino que proyectaba las sombras de los dos policías silenciosos y musculosos sobre la pared, figuras gigantes y deshumanizadas.
El Sargento Doyle ent