La resurrección de Alexander Blackwood no fue un milagro cinematográfico de ojos abiertos y suspiros profundos. Fue un proceso violento, una lucha de la voluntad contra la atrofia. Durante las primeras setenta y dos horas después de despertar, Alexander apenas pudo emitir sonidos coherentes. Su garganta, castigada por meses de intubación, ardía como si hubiera tragado cristales rotos.
Pero lo peor no era el dolor. Era la debilidad.
Alexander intentó incorporarse al tercer día. Sus brazos, antes