La oscuridad en la que Alexander se hundió no era el vacío de la muerte, sino el pozo viscoso de la inconsciencia inducida. Lo primero que recuperó fue el sentido del oído: el goteo constante de agua sobre un suelo de cemento y el zumbido eléctrico de una bombilla que agonizaba en algún lugar por encima de su cabeza.
Intentó mover las manos, pero el metal frío de las esposas le desgarró las muñecas. Estaba encadenado a una silla de hierro, con el torso desnudo y la piel marcada por la violencia