La noche no trajo paz a la Torre Blackwood. El ático, que una vez fue el símbolo de la conquista de Alexander, se había transformado en un mausoleo de sospechas. El aire pesaba, cargado con el olor metálico de la sangre de Marcus que, aunque limpiada físicamente, parecía haber quedado impregnada en la memoria olfativa de las paredes.
Alexander no había dormido. Se encontraba en el gimnasio privado, golpeando un saco de boxeo con una cadencia suicida. Sus nudillos estaban en carne viva, pero el