El silencio del quirófano en Ginebra era distinto al de cualquier otro hospital. Aquí, el aire olía a tecnología de punta y a una esterilidad que rayaba en lo quirúrgico-divino. Camila Ríos yacía sobre la camilla, observando las lámparas cialíticas que parecían soles artificiales. No tenía miedo. La psicología le había enseñado que el miedo es, a menudo, la resistencia a lo inevitable, y ella estaba allí por una elección consciente y poderosa.
Alexander observaba tras el cristal de la sala de o