Alexander Blackwood estaba sentado en una de las gélidas sillas de acero de la sala de espera privada de la clínica en Ginebra. El zumbido constante del sistema de ventilación era lo único que llenaba el silencio. Afuera, la noche suiza era una alfombra de luces plateadas, pero dentro, el tiempo se había detenido. En sus manos sostenía un café ya frío, pero sus ojos estaban fijos en un punto invisible de la pared, donde los recuerdos comenzaban a proyectarse como una película que finalmente enc