El descenso sobre el Aeropuerto de Ginebra fue un espectáculo de contrastes. Bajo el jet privado de Julian, las luces de la ciudad comenzaban a mezclarse con el primer tono azulado del alba, reflejándose en las aguas gélidas del lago Lemán. El aire, al abrirse la compuerta del avión, era afilado y puro, impregnado con el aroma de la nieve fresca de los Alpes que rodeaban el valle como centinelas silenciosos.
Alexander Blackwood fue el primero en bajar la escalinata, extendiendo su mano para ayu