La primera noche había sido el éxtasis del pacto sellado; la segunda mañana, en el Edén improvisado del ático, se sentía como una eternidad ganada a pulso. Alexander y Camila despertaron entrelazados, la luz filtrándose de manera diferente, más suave, más paciente. El mundo exterior parecía haber aceptado su tregua.
El ritual matutino fue lento y sagrado. No hubo café apurado, ni llamadas silenciosas, ni la necesidad de probar nada. Solo había una verdad: estaban juntos, y eso era lo único que