El primer sol de Miami, limpio y dorado, se filtró por las amplias ventanas del ático, pintando la suite de Alexander y Camila con un tono de paz que no había conocido en meses. El aire ya no estaba cargado de la tensión del fraude pendiente, sino de la calidez residual de su unión.
Alexander se despertó primero. Se sentía distinto. El miedo había desaparecido, reemplazado por un profundo e inusual estado de gratitud. Giró la cabeza hacia la almohada contigua. Camila dormía profundamente, con e