Maribel no lloró. No gritó. No rompió la revista. No necesitaba hacerlo.
Esa noche no durmió, pero no por tristeza. Pensaba. Planeaba. Calculaba.
Si Pedro Juan pensaba que podía jugar a la honestidad selectiva con ella, como si sus secretos no dolieran, como si sus omisiones no fueran mentiras vestidas de elegancia… entonces no la conocía. No realmente.
No lo iba a bloquear. Tampoco a desaparecer.
Iba a enfrentarlo.
Y lo haría como Lilith. Con todas sus armas. Con todo su fuego.
Sábado, 7:58 p.