Capítulo 4.

Yuna

Lin cerró la puerta, pero no transcurrieron ni dos segundos cuando la abrió de nuevo, invadiendo mi privacidad con una naturalidad insultante. Su mirada se posó en mi cuerpo, al que solo protegía mi ropa interior, recorriéndome con esa frialdad analítica que empezaba a detestar.

—Si no cierras la puerta, el otro zapato va a ir directo a tu entrepierna —amenacé, sin bajar la voz.

Me agaché para coger el tacón que me quedaba, pero antes de que pudiera siquiera moverme, él ya había cerrado la puerta de un golpe. Me quedé un momento en silencio, escuchando el zumbido de los motores del avión.

—¿Qué pretendía encontrar aquí? —mascullé para mí misma.

Le puse el seguro a la puerta con manos temblorosas y terminé de vestirme a toda prisa. Me puse ropa cómoda, algo que me permitiera moverme y, sobre todo, respirar. Tenía que ser muy fuerte para lo que se venía; mirar a la cara a Lin y fingir que era mi hermana. Él no podía descubrir la verdad. Si lo hacía, mi familia y yo estaríamos muertos. Lin buscaría a Liyan y terminaría con su vida, y no quedaría nada de los Zhao después de aquella masacre.

Mentiría por ellos y por mí. Me convertiría en la mejor actriz del mundo para mantenernos a salvo de la oscuridad que él representaba.

Cuando salí del baño y me acerqué a la cabina principal, una de las azafatas le servía algo de beber; el aroma del champagne flotaba en el aire. Él ni siquiera se molestó en girar la cabeza, pero ella me miró y sonrió con cortesía profesional.

—¿Desea algo de beber?

—No, gracias —respondí, sentándome en el asiento frente a él. La mujer se alejó con un ligero asentimiento.

—No brindamos por nuestro matrimonio —habló él finalmente, jugueteando con el tallo de su copa.

—No hicimos muchas cosas de las que se supone que debíamos hacer —respondí con sequedad.

Saqué mi celular, buscando desesperadamente una notificación de Liyan. Necesitaba una señal, saber que estaba bien, que su huida no había sido en vano. Pero no había nada. Ni un mensaje, ni un visto en mis audios. El silencio de mi hermana dolía más que el desprecio de mi esposo.

—No voy a seguir tradiciones por alguien a quien no conozco —continuó él, devolviéndome a la realidad—. No lo mereces.

—¿Crees que me haces sentir mal con eso? —solté una risita burlona, guardando el móvil.

—Te ves muy frágil. Como alguien que se rompe con la brisa de la mañana.

Le miré directamente a la cara. Podía ser poderoso, tener medio mundo a sus pies y una fortuna incalculable, pero en ese momento, no me dio miedo. No sabía por qué, pero mi cuerpo no temblaba. No quería huir, pero tampoco quería tenerlo cerca. No era asco, era simplemente la nada. No sabía qué le gustaba, qué hacía con su tiempo libre o cuál era su comida favorita. Lo único que sabía de él era que tenía un doberman llamado Khan.

—¿Solo por cómo me veo crees que soy frágil? ¿Crees que me puedes romper con tus palabras? —me incliné un poco hacia él.

Lin bebió de su copa sin quitarme la mirada de encima. Me pregunté qué veía en mí. Seguramente no veía la determinación, ni el talento que escondía en mis manos para las artes. No veía que yo era capaz de encontrar belleza incluso en el rincón más oscuro.

—No puedes romper lo que ya está roto —musité.

Él no lo sabía, y yo no se lo diría. La indiferencia de mis padres y su preferencia ciega por mi hermana me habían obligado a madurar antes de tiempo. El alejamiento de mi familia había sido un golpe que viví en soledad durante años. Llegó un punto en el que fingí que no me importaba, que no me dolía, que ya no sentía nada. Por dentro estaba hecha pedazos, pero aprendí a tragarme los cristales y seguir adelante.

Si pude fingir por años ante mi propia sangre, lo haría con Lin hasta que la muerte nos separara o el destino nos hiciera estallar.

—Soy tu esposa —le mostré el anillo que brillaba bajo las luces del jet—. Pero me da lo mismo lo que hagas a mis espaldas. Si te quieres revolcar con todas las mujeres de Shanghái, adelante. No me importa. Pero ante los demás, soy la señora Lin y me debes respeto.

—¿Que yo te respete a ti? —dijo en un tono burlesco que me encendió la sangre—. Como si eso fuera a pasar.

—Es lo menos que merezco, ¿no? ¿Acaso no eres un hombre o solo usas ese título cuando te conviene? —Él frunció las cejas, visiblemente molesto. Sabía que le había dado donde más le dolía a alguien como él: en su orgullo—. Si no puedes respetarme frente a los demás, no eres un hombre, solo un ser inservible. ¿No lo eres?

Apretó la copa entre sus dedos con tanta fuerza que por un momento creí que el cristal estallaría, llenando el aire de astillas y champagne.

—Soy muy hombre —siseó, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa.

—¿Hombre o macho? —indagué con una calma que no sabía que poseía—. Porque hay una diferencia. Si de verdad eres un hombre, demuéstralo.

—No tengo que demostrarte nada —dijo, con una molestia que apenas lograba filtrar a través de su máscara de hielo.

—No, a mí no me tienes que demostrar nada —respondí, sosteniéndole el pulso—. Demuéstratelo a ti mismo.

Se hizo un silencio denso, cargado de las palabras que ambos nos guardamos. Él me recorrió con la mirada, buscando alguna grieta en mi resolución.

—¿No me tienes miedo? —preguntó al fin. No era una amenaza directa, sino una duda genuina, como si le resultara inconcebible que alguien como yo no temblara.

—¿Por qué debería tenerte miedo?

No respondió. Se limitó a mover la mano, restándole importancia con un gesto de indiferencia que pretendía dar por terminada la conversación. Sin embargo, algo en su mandíbula seguía tenso.

Lo que restó de vuelo fue un desierto de palabras. Él se dedicó a beber y a revisar su móvil; lo vi sonreírle a la pantalla un par de veces cuando le llegaba algún mensaje, una expresión de ligereza que nunca me había dirigido a mí. Yo saqué un libro y me sumergí en él, ignorándolo con la misma intensidad con la que él me borraba de su espacio. Hana se quedó dormida en mis piernas, ajena a las guerras silenciosas de los humanos. Estaba tan cansada como si ella hubiera sido la novia; siempre había sido perezosa y consentida, y en ese momento, envidié su capacidad para dormir en medio de la tormenta.

Cuando el jet aterrizó en Shanghái, me mentalicé para no perder la cabeza. Buscaría la manera de zafarme de este matrimonio; encontraría mi propia libertad, aunque tuviera que arrancar mis raíces de golpe. Yo no le importaba a mi familia; si desaparecía, no moverían cielo y tierra como lo harían por Liyan. Ese pensamiento, aunque doloroso, era mi mayor escudo.

Llegamos a la mansión Lin. El coche atravesó las imponentes puertas de hierro negro que se abrieron como las fauces de una bestia.

Apenas me di cuenta del momento exacto en que dejamos atrás la ciudad. Shanghái había ido desapareciendo, sustituida por avenidas amplias y calles que se sumergían en un silencio absoluto. Cuando el vehículo giró por el camino principal, finalmente la vi.

La propiedad era inmensa. No era una casa, era un dominio rodeado por muros altos y jardines que parecían extenderse hasta el infinito, perfectamente recortados bajo la luz de la luna. Faroles de piedra iluminaban el sendero, proyectando sombras alargadas sobre la grava. La mansión se alzaba imponente: una mezcla magistral de tradición china y modernidad agresiva. Ventanales altos, madera oscura que brillaba con el frío, piedra pulida. Todo parecía demasiado grande, demasiado mudo.

La puerta del coche se abrió y un hombre de seguridad extendió la mano para ayudarme. Dudé un segundo antes de aceptarla, sintiendo cómo el aire de Shanghái, más gélido que el de Hong Kong, me golpeaba el rostro.

Levanté la vista hacia la entrada justo cuando las puertas principales se abrían de par en par. Varias personas nos esperaban. Reconocí a la madre de Tianyu, serena y elegante en un qipao oscuro, y a su lado a Meilin, cuya sonrisa seguía siendo el único punto de luz en aquel lugar.

Sentí la presencia de Tianyu a mi lado antes de verlo. Subió la escalinata con una calma natural, como si aquel lugar le perteneciera tanto como el aire que respiraba. Y era verdad.

—Bienvenida a casa, Liyan.

Su voz no era cálida, pero tampoco hostil. Era la voz de un anfitrión recibiendo a una invitada que no puede irse. Respondí con una inclinación respetuosa, manteniendo la máscara de la esposa perfecta.

Al cruzar el umbral, el lujo del vestíbulo me golpeó. Una lámpara de cristal inmensa colgaba desde el segundo piso, bañando las paredes decoradas con pinturas antiguas y paneles de madera tallada. Todo tenía un aire solemne, como si la casa misma estuviera vigilando mis movimientos.

Sentí algo extraño en el pecho cuando las pesadas puertas de madera se cerraron detrás de mí. Fue un sonido suave, pero definitivo. Como el clic de una cerradura. En ese instante entendí lo que me negaba a aceptar: esta casa ahora también era mía, y no tenía la menor idea de cómo sobrevivir entre sus muros sin terminar convertida en una sombra más.

—Lleven las pertenencias de la señora a su habitación —ordenó la madre de Lin con una autoridad serena.

El personal de la casa hizo una inclinación perfecta y se alejó con mis maletas, subiendo por la gran escalinata. Me quedé allí, de pie en el vestíbulo, sintiéndome como una pieza de ajedrez que acababan de mover a un tablero desconocido.

—Bienvenida, Liyan —la mujer se acercó, y por un segundo, su mirada buscó la mía—. De ahora en adelante, este es tu hogar.

Meilin, que no parecía compartir la rigidez de su madre, fijó la vista en la transportadora que yo apretaba contra mi costado. Se acercó con zancadas alegres y se agachó sin dudarlo. No le importó golpear sus rodillas contra el suelo impoluto con tal de estar a la altura de los ojos de mi gata.

—¿Quién es esta preciosidad? —preguntó con cautela.

—Su nombre es Hana. Es mi gata.

—¿Puedo sacarla?

Asentí, y antes de que terminara de procesar mi respuesta, Meilin ya había abierto la rejilla. Hana pegó un salto elástico, aterrizando con elegancia sobre el mármol. Se estiró, arqueando el lomo, y observó el lugar con esa altanería que solo los gatos poseen.

—¡Es hermosa! —Meilin estiró la mano y acarició sus orejas antes de subirla en brazos—. Hola, Hana. Mi nombre es Meilin, pero puedes decirme Mei.

Hana, que normalmente era desconfiada, se dejó cargar como si fuera una reina. Era una consentida que siempre prefería que la llevaran a tener que usar sus propias patas.

—¿Cómo estuvo el vuelo? —le preguntó la señora Lin a su hijo.

—Tranquilo —respondió él, con una indiferencia que me heló la sangre.

Sus respuestas hacia su propia familia eran tan secas, tan carentes de afecto. Me pregunté si era así con todo el mundo o si guardaba algo de calidez para alguien. El muro de hielo que nos rodeaba parecía indestructible, y la idea de pasar el resto de mi vida intentando derretirlo me resultaba agotadora. Rezaba por encontrar una salida antes de que el frío terminara por consumirme.

—Liyan —llamó la señora Lin.

Tardé un segundo en reaccionar. Ese nombre me provocaba un vacío extraño en el pecho; un recordatorio constante de que estaba viviendo una mentira. Yo era Yuna, pero aquí, Yuna no existía.

—Dígame, señora Lin.

—Siéntete como en casa. De ahora en adelante, somos tu familia. Puedes moverte por toda la propiedad con total libertad, nadie te lo impedirá.

—Gracias —le sonreí, aunque la máscara me pesaba.

—Hemos acondicionado la habitación para que estés cómoda. Si te hace falta algo, lo que sea, no dudes en decírmelo.

—No se hubieran tomado tantas molestias —dije, y sentí una punzada real en la garganta—. Estoy muy agradecida.

Los ojos me escocieron. No recordaba cuándo había sido la última vez que alguien se había esforzado por hacerme sentir bienvenida. Ni siquiera en mi propia casa...

—¿Estás bien? —preguntó Meilin, notando el cambio en mi voz.

—Sí —mentí, aunque el pecho me doliera—. Solo es el cansancio.

—Es hora de dormir —sugirió la madre—. Es tarde y todos necesitamos descansar.

Lin se despidió de ellas con un gesto breve. Yo hice lo mismo, manteniendo la cortesía, y subí las escaleras detrás de él. Hana iba en mis brazos, pero los nervios recorrían mi columna vertebral como descargas eléctricas.

El segundo piso era el dominio de Lin. Era muy diferente al resto de la casa; aquí todo era sobrio, minimalista y gélido, exactamente como él. Había un despacho de puertas pesadas, un gimnasio y otras estancias que el silencio parecía proteger.

Se detuvo ante una puerta y la empujó. Sobre la cama, un doberman negro azabache nos observaba. Al olernos, Khan se puso de pie y se acercó trotando, pero mantuvo una distancia prudencial al ver a Hana.

—No muerde —dijo Lin, entrando en la habitación.

—¿Estás seguro? —alcé una ceja, apretando a Hana contra mi pecho.

—No —respondió él con una media sonrisa que me puso los pelos de punta.

Entré con cautela. No confiaba en él, y por extensión, no confiaba en su perro. Pero lo que más me alarmó no fue el animal, sino el mobiliario.

—Solo hay una cama —solté, quedándome clavada en el sitio. Era una habitación inmensa, pero el espacio parecía encogerse a mi alrededor.

—Sí —dijo él con obviedad. Se quitó el saco y empezó a desatarse los zapatos.

—¿Y dónde voy a dormir yo? —pregunté. Lo vi doblar su ropa con una precisión casi obsesiva antes de guardarla en el vestidor.

—En la cama —respondió sin mirarme.

—¡No! ¿Dónde voy a dormir yo? —repetí con fuerza.

Él se acercó a la cama, cogió una de las almohadas y una frazada, y caminó hacia el sofá. Era grande, de cuero oscuro, lo suficiente para pasar la noche.

—Ahí tienes —arrojó las cosas sobre el sofá con un gesto brusco—. No pienso dormir contigo.

Me quedé descolocada. Me había preparado para pelear por mi espacio, y él simplemente me lo había cedido con desprecio. Giré hacia el sofá, acomodando la almohada mientras Hana saltaba de mis brazos para explorar el cuarto. Al volverme de nuevo hacia él, mi corazón se detuvo.

Se estaba desabrochando los pantalones con total naturalidad.

—¡¿Qué estás haciendo?! —grité, dándole la espalda al instante y cubriéndome los ojos con las manos.

—¿Qué parece que hago? Me voy a duchar.

—¡Cúbrete! ¡Ten algo de decencia!

—¿Nunca has visto a un hombre desnudo, Liyan? —preguntó, y su voz adquirió un tono seductor y peligroso que me hizo arder los oídos.

—Eso no te importa. ¡Vete de una vez!

Me mantuve rígida, con las manos sobre los ojos, hasta que escuché el sonido de la puerta del baño cerrándose. Giré despacio, con el pulso a mil por hora. Tianyu ya no estaba; en su lugar, Khan ocupaba el espacio junto a la cama, observándome con curiosidad.

Solté una exhalación temblorosa. Nunca había visto a un hombre en ropa interior, mucho menos a uno como él, y el hecho de que él lo sospechara me hacía sentir más vulnerable que nunca. Me senté en el sofá, abrazando mis rodillas, consciente de que la noche apenas comenzaba.

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