Capítulo 5.

Tianyu

La boda fue un éxito, o eso es lo que decían las personas de nuestro círculo social; esas que miden la felicidad por el precio del champagne y el calibre de las alianzas. Yo pensaba que no estuvo tan mal para lo que se esperaba. Pudo haber sido mejor, sí, pero las circunstancias mandan y el pragmatismo siempre ha sido mi religión.

Casarme por obligación no me hacía ninguna ilusión. No había ni una pizca de emoción en mis venas por contraer nupcias con una desconocida, por muy Zhao que fuera. Al verla por primera vez, mi diagnóstico fue rápido: débil. Pensé que era de esas mujeres que prefieren el silencio, que bajan la mirada y aceptan el peso de un apellido sin rechistar. Como mi madre con mi padre.

Pero en el jet demostró lo contrario. O quizá solo estaba fingiendo una fortaleza que no tenía, una actuación desesperada para convencerme —y convencerse a sí misma— de que podía con esta farsa. Quizá solo era una chica temblando de miedo que quería huir y usaba los gritos como escudo. La hubiera entendido si fuera así; en este mundo, el miedo es lo único real.

No estamos en la época donde se vendía a las mujeres para servir a sus esposos, pero en nuestra casta, las tradiciones son cadenas de oro. Formar alianzas con familias poderosas para ser más poderosos aún. Los Zhao tenían el tipo de poder que me gusta: estratégico, discreto. Su imperio se movía entre galerías de arte, joyerías y casas de subastas. Pantallas perfectas para el contrabando, la falsificación y el lavado de dinero.

Me pregunté si Liyan sabía a qué se dedicaba realmente su padre. ¿Era cómplice o una víctima decorativa?

No fue la luna de miel que cualquier esposa esperaría, pero ella tampoco era cualquier esposa. Todo era una mentira sostenida para mantener a flote dos imperios. No la llevaría a otro país, no haríamos el amor; ni siquiera estaba seguro de que alguna vez querría tocarla. Y, por supuesto, no íbamos a dormir juntos. A mí me daba igual el protocolo de alcoba, pero para ella, mantener la distancia era vital. Ni siquiera lo pensó cuando le señalé el sofá.

Después de ducharse, se fue directo a su rincón con su gata. Cogió un par de almohadas y la frazada que yo había dejado en la cama con desprecio. Fingí estar dormido para observar sus movimientos desde la oscuridad. No me prestó atención; se movía como si yo no existiera, como si fuera un mueble más en la habitación.

****

Desperté temprano y ella continuaba allí, hecha un ovillo. La posición en la que dormía me produjo un dolor de cuello ajeno solo de verla, pero no la moví. Ella eligió ese martirio y yo no soy nadie para llevarle la contraria a un mártir.

Me di una ducha rápida y, al salir del baño, ya estaba despierta. Observaba la terraza, perdida en el jardín trasero, con esa mirada que busca una salida que no existe.

—¿Harás algo hoy? —le pregunté, mientras me secaba el cabello. Ni siquiera se giró.

—¿Acaso te importa lo que haga? —Su voz era un látigo de hielo.

—La verdad es que no —respondí con total sinceridad—. Solo quiero saber si mi esposa planea encontrarse con algún amante el primer día.

—No soy como tú —soltó, seria y distante.

—Puedes hacerlo, si quieres. No me importa —cogí la camisa y empecé a abotonarla—. Solo te pido discreción. Que nadie sepa con quién te acuestas; mi apellido tiene un prestigio que mantener, aunque a ti te dé igual.

—No necesito hacerlo. Estoy lo suficientemente conforme con mi vida como para no ir buscando a otros hombres.

No respondí. Me pasé el peine por el cabello con gestos precisos y me apliqué el perfume, sintiendo su mirada fija en mi espalda.

—Tenía una vida, ¿sabes? —dijo de pronto, y su voz perdió un poco de ese filo—. Antes de esto, tenía una vida, un trabajo, un… —Se quedó callada, tragándose el final de la frase—. ¿Y ahora qué tengo?

—Un matrimonio —sentencié con una burla ligera.

Mis palabras le sentaron como un golpe. Inhaló y exhaló con una pesadez que hizo que sus hombros se agitaran. La armadura empezaba a pesarle.

—Si lo que te preocupa es el dinero…

—No es eso lo que me preocupa —me interrumpió tajante.

—Pero lo necesitas.

—No te lo estoy pidiendo. Tengo mis propios ahorros.

—Esos ahorros no te van a durar toda la vida en Shanghái —dije, terminando de abrocharme los puños.

Ella se giró despacio. El cabello oscuro le caía en cascada sobre los hombros. La tela del pijama era delicada, se ajustaba a sus curvas con una suavidad que resultaba casi molesta de observar. Se veía demasiado frágil para las palabras que escupía.

—Puedo trabajar. Sé cómo hacerlo.

—¿Y cómo quedaría yo ante mis socios cuando sepan que mi esposa trabaja porque no quiere recibir mi dinero? —La miré a través del espejo—. ¿Tanto pesa tu orgullo, Liyan?

—No es eso —sus brazos cayeron a los lados. Parecía que su armadura se desmoronaba por segundos—. Siempre he sido independiente. Me gusta ganar lo mío.

—No necesitas nada de eso —le resté importancia con un gesto—. Puedo abrir una extensión de mi tarjeta solo para ti hoy mismo.

—Te dije que no —su voz subió de tono, cargada de una molestia genuina—. No necesito tu dinero. Tengo el mío.

—Qué orgullosa eres —susurré. Cogí mi saco y salí de la habitación sin despedirme.

No me importaba si comía o si se moría de hambre. No era mi obligación estar pendiente de sus caprichos o de su dieta. Ya era lo suficientemente adulta para entender que en esta casa, las reglas las ponía yo, y su orgullo solo era un obstáculo más que el tiempo terminaría por demoler.

Cuando bajé, el aroma a café y bollos recién hechos ya inundaba el aire. Mi madre estaba en la cocina, supervisando los últimos detalles con esa eficiencia silenciosa que la caracterizaba. El desayuno estaba preparado y la mesa servida con una precisión militar. Mei aún no bajaba; esperaba que no se demorara si no quería que la dejara atrás. Tenía la irritante costumbre de llegar tarde a todos lados, como si el tiempo fuera algo que pudiera negociar.

—¿Cómo dormiste? —preguntó mi madre en cuanto ocupé mi lugar en la cabecera.

—Bien. ¿Y tú? —le devolví la pregunta por pura cortesía.

—Bien —respondió, recuperando ese tono serio que usaba para los temas importantes—. Tu esposa... ¿cómo está?

Me encogí de hombros con desgana, pinchando un trozo de fruta. —Se quedó arriba.

—Tienes que ser más amable con ella, Tianyu.

Bebí un sorbo de café, dejando que el amargor me despejara la mente. —Ella no lo es conmigo. ¿Por qué demonios debería serlo yo?

Mi madre entornó los ojos, esa mirada que solía usar cuando mis respuestas no le satisfacían.

—¿Si ella no es amable contigo, tú pierdes tu educación?

—No se lo merece —sentencié.

Apenas terminé la frase, sentí el impacto de su mano en mi brazo. Un manotazo seco. —No lo está pasando bien con todo esto —susurró ella, bajando la mirada unos segundos.

La observé en silencio. Ella lo sabía mejor que nadie. Mi madre era el espejo de este matrimonio: se casó con mi padre sin amarlo, entregada por sus padres a un hombre mayor al que apenas conocía, solo para formar una familia que sirviera de base a un imperio.

—Deberías ser más comprensivo —continuó—. Entender que se alejó de su familia de un día para otro.

—Ella lo sabía —dije, acercando la taza a mis labios. Me serví un poco de pan tostado, manteniendo los movimientos calculados—. Siempre supo que este sería su futuro. No entiendo por qué ahora actúa como si fuera una tragedia griega.

—Eso no justifica que no pueda sentirse mal. Le duele estar separada de los suyos.

Solté una risita seca, cargada de cinismo. —Como si a su familia le importara mucho. Los Zhao la entregaron como quien firma un pagaré.

Mi madre me dio otro manotazo, esta vez más fuerte, justo cuando unos pasos ligeros anunciaron su llegada.

—Buenos días —escuché a mis espaldas. Era ella.

—Liyan, buenos días —saludó mi madre, cambiando instantáneamente su semblante a uno mucho más cálido.

Le señaló el lugar donde debía sentarse: justo a mi lado. El roce de su silla al acomodarse me puso alerta, pero mantuve la vista en mi plato.

—¿Cómo dormiste, querida? —preguntó mi madre con una amabilidad que yo nunca recibiría.

—Muy bien, gracias por preguntar.

La miré de reojo. Mentía. ¿Cómo se podía dormir "muy bien" en ese sofá de cuero habiendo una cama de seda a pocos metros? No era un mueble incómodo, pero no era el lugar para una noche de bodas. Su capacidad para mantener la farsa empezaba a resultarme interesante.

—¡Buenos días, familia!

Mei entró en el comedor con ese entusiasmo ruidoso que a veces me resultaba agotador tan temprano. Saludó a mi madre con un beso, a mí con otro en la mejilla y luego se sentó frente a Liyan, dedicándole una sonrisa radiante.

—¿Qué harás hoy? —le preguntó Mei mientras atacaba un bao—. ¿Vas a salir?

—No lo sé —respondió ella, sirviéndose té de jazmín con movimientos delicados—. Quizá vaya a dar una vuelta por ahí. Necesito aire.

—Te va a llevar el chofer —intervine, usando mi tono de mando—. No puedes andar sola por Shanghái.

Era una advertencia, no una sugerencia. Debía de estar acostumbrada; una mujer de su posición no camina por la calle sin una sombra que la proteja. Esperaba que protestara, que sacara de nuevo ese orgullo de "mujer independiente" que me mostró en la habitación.

—¿No vas a decir nada? —alcé una ceja al ver su silencio.

—De todos modos, terminaré haciendo lo que ordenes —dijo, encogiéndose de hombros sin mirarme.

Se estaba resignando demasiado pronto, y eso no me daba buena espina. Que se diera por vencida con esa facilidad solo podía significar dos cosas: o estaba planeando algo, o su armadura era mucho más delgada de lo que pretendía demostrar en el jet.

—Un día de estos podemos ir de compras —sugirió Mei, ajena a la tensión—. Necesito ropa y zapatos nuevos.

—Compraste todo eso el mes pasado, Mei —la reprendió mi madre.

Mei hizo un puchero digno de una actriz dramática.

—Pero la ropa del mes pasado ya no está de moda este mes. Es obvio, mamá.

Liyan soltó una risita suave. Fue un sonido genuino, breve, que me hizo girar la cabeza para observarla. Al notar mi mirada, su rostro se volvió a tensar de inmediato, recuperando esa máscara de seriedad absoluta. Volvió a su desayuno como si aquel pequeño desliz de humanidad nunca hubiera ocurrido.

Interesante. Al parecer, mi esposa solo sonreía cuando pensaba que yo no estaba mirando.

Terminé el desayuno bajo la mirada inquisitiva de mi madre y subí a la habitación por mi maletín. Encontré a la gata de Liyan trepada en el mueble más alto, observando a Khan con auténtico terror. Mi perro la estudiaba con una fijeza inquietante; quizá el pobre animal pensaba que le habían traído un aperitivo matutino.

Al bajar, las mujeres de la casa continuaban sumergidas en sus charlas; solo ellas entendían ese lenguaje de cortesías y planes triviales. Me despedí de mi madre y de Mei con un gesto breve, salí de la mansión y subí al auto. Era hora de dejar atrás el papel de recién casado y volver al mundo que de verdad comprendía.

El coche se detuvo frente al edificio de cristal sin hacer el menor ruido. No esperé a que el chofer rodeara el vehículo; abrí la puerta y bajé por mi cuenta, sintiendo el asfalto de Shanghái bajo mis pies. El edificio de Lin International Holdings se alzaba sobre la avenida principal, una torre de espejos oscuros que reflejaba la ciudad como un dios indiferente. Imponente, intocable. Exactamente como yo lo había diseñado.

Zhenyu me esperaba en la entrada principal, ajustándose el saco con una parsimonia que contrastaba con mi rigidez.

—Podrías al menos fingir que te gusta venir aquí —murmuró con una sonrisa ladeada.

No respondí. Caminé directo hacia la entrada. Las puertas de vidrio se abrieron antes de que llegara y, en cuanto crucé el umbral, el ambiente cambió. Las conversaciones bajaron de volumen hasta convertirse en susurros. Los empleados se enderezaron en sus puestos, evitando mi mirada pero sintiendo mi presencia. Nadie se acercó. Nadie se atrevió a detenerme.

Zhenyu soltó una risa nasal, mirando de reojo la estela de silencio que dejábamos a nuestro paso.

—Definitivamente te temen más que a tu padre.

—Cómo debería ser —respondí sin mirarlo.

Subimos al elevador privado en un silencio sepulcral. El reflejo en las paredes metálicas devolvía dos versiones opuestas del mismo mundo: Zhenyu, relajado y casi divertido; y yo… completamente impenetrable.

—¿Cómo te fue en tu luna de miel? —preguntó de pronto, con ese tono que bailaba entre la curiosidad y la burla.

—No hubo luna de miel, lo sabes.

—¿Entonces no tuviste relaciones con tu mujer? —insistió, arqueando una ceja.

—No es mi mujer —respondí, usando mi voz más gélida.

—En algún momento de este matrimonio van a tener que hacerlo, ¿no? Es parte del contrato —comentó él, encogiéndose de hombros—. Además, yo pienso que es muy linda.

—¿Eso crees? —alcé una ceja, sintiendo una punzada de irritación que no supe clasificar.

—Lo es. Tiene algo… diferente.

Las puertas se abrieron en el último piso. Mi asistente nos esperaba con una carpeta en las manos y una expresión tensa.

—Señor Lin —inclinó la cabeza—. Ya están en la sala de juntas.

Caminé hacia mi despacho sin reducir la velocidad.

—Cinco minutos.

El asistente asintió y desapareció. Zhenyu soltó una risa baja detrás de mí.

—Ni siquiera sabes quiénes están ahí dentro.

—No importa —respondí mientras entraba en mi oficina—. Si están aquí, es porque necesitan algo de mí. Y eso me da la ventaja.

Mi oficina era amplia, ordenada, demasiado perfecta. Me quité el saco con un movimiento preciso y lo dejé sobre la silla. Zhenyu se desplomó en uno de los sillones frente a mi escritorio y cruzó las piernas. Su rostro cambió; la diversión desapareció para dar paso al socio que conocía los secretos más oscuros de la familia.

—Tenemos un problema —dijo al fin—. El envío de anoche no llegó completo.

No reaccioné de inmediato. Abrí la carpeta que reposaba sobre el escritorio y escaneé los números.

—¿Cuánto falta?

—Un contenedor.

Levanté la mirada y fijé mis ojos en los suyos.

—Eso no es una pérdida accidental, Zhenyu. Es un mensaje.

El silencio se volvió pesado, casi físico. Zhenyu asintió, perdiendo cualquier rastro de su sonrisa habitual.

—Eso mismo pensé yo.

Cerré la carpeta de un golpe seco.

—¿Quién estaba a cargo de la seguridad en el muelle?

Zhenyu dudó apenas una fracción de segundo.

—Chen.

Asentí lentamente. Estaba confirmando una sospecha que venía arrastrando desde hacía meses. La lealtad en este negocio era un lujo que Chen ya no podía permitirse.

—Tráelo.

—¿Aquí, a la oficina?

—No —respondí, tomando mi reloj de la mesa y ajustándome la correa de cuero—. A la bodega del puerto.

Zhenyu soltó una larga exhalación.

—Va a ser un día muy largo.

—Solo para él —sentencié.

Me dirigí hacia la puerta sin añadir nada más. Para mí, los problemas no eran algo que se discutiera en mesas redondas; eran estorbos que se eliminan de raíz. Estaba a punto de salir cuando mi móvil vibró en el bolsillo del pantalón. Miré la pantalla: un número desconocido.

—¿Quién te llama a estas horas? —preguntó mi primo con curiosidad.

Dudé un segundo, pero la insistencia del timbrado me obligó a responder.

—Diga.

¿Lin? —La voz al otro lado llegó alterada, casi sin aliento.

—¿Quién habla? —pregunté, fingiendo una amnesia cruel solo para disfrutar de su frustración. Sabía perfectamente que era ella.

Soy yo… —hubo una pausa, como si estuviera tragándose un insulto—. Liyan.

—Ah, eres tú. ¿Qué se te ofrece? —pregunté con una calma exasperante.

Necesito que me ayudes —soltó ella. Había miedo en su voz, un miedo real que no había escuchado ni siquiera cuando le apunté con mi indiferencia.

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