Mundo ficciónIniciar sesiónEl vestido no era del blanco brillante de las bodas occidentales modernas, sino un tono más suave, casi marfil, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla. Sentía el peso de la seda sobre mi piel, una carga física que me recordaba a cada segundo quién debería estar ocupando este lugar. La tela caía en capas largas y fluidas que rozaban el suelo con cada paso, como si una nube pesada flotara alrededor de mis pies. Las mangas eran amplias y delicadas, bordadas con hilos dorados que formaban patrones elegantes de flores y enredaderas, una belleza que me resultaba ajena y cruel. Los detalles se repetían a lo largo de la falda, ascendiendo desde el dobladillo hasta la cintura en un diseño sutil, pero exquisito.
Un cinturón bordado en oro se ceñía a mi cintura con una presión que me dificultaba respirar, y de él colgaban pequeñas piezas ornamentales que tintineaban suavemente al moverme. Cada tintineo sonaba en mis oídos como una campana de advertencia. Mi cabello oscuro estaba recogido en un peinado tradicional, tenso, adornado con una delicada corona de flores metálicas y pequeñas cadenas doradas que caían a los lados de mi rostro, enmarcando mi miedo.
La ceremonia se celebraba en uno de los salones privados más exclusivos de Hong Kong. El aire olía a incienso caro y a flores cortadas que ya empezaban a morir. Las paredes estaban decoradas con paneles de madera lacada y detalles dorados que brillaban bajo la luz artificial. Entre ellos se alzaban arreglos de flores blancas y ramas de cerezo que parecían flotar en jarrones de porcelana. Al fondo del salón, detrás del altar, se encontraba un gran símbolo dorado de doble felicidad, colocado sobre una tela roja profunda. Era la única concesión clara a la tradición; un símbolo que, en nuestro caso, se sentía como una burla sangrienta.
Frente al altar se extendían filas ordenadas de sillas ocupadas por invitados vestidos de negro, gris oscuro y tonos sobrios. Hombres de negocios, socios, aliados y algunos que parecían demasiado fríos para pertenecer a una boda. Las conversaciones eran bajas, medidas, carentes de la alegría que se espera en una unión. Era como si todos supieran que aquello no era una celebración… sino la firma de un contrato.
Mi padre me acompañaba, pero lo hacía más por obligación que por afecto. Su brazo bajo el mío estaba rígido, distante. Quería estar seguro de que Lin Tianyu cumpliría con el trato que sellaron sus padres años atrás; yo solo era el sello de cera en ese documento.
Levanté la mirada y ahí estaba él. Lin Tianyu. Era un hombre alto y delgado, con el cabello perfectamente peinado hacia atrás, revelando unas facciones que parecían talladas en piedra. Vestía un traje oscuro de corte impecable. Nada de traje tradicional; él no se sometía a nada que no quisiera. No sonreía; se mantenía impasible, como un espectador aburrido en su propio evento. Muy cerca de él, otro hombre que se veía un poco mayor, quizá uno o dos años, lo observaba todo con una chispa distinta en los ojos.
Me enganché con más fuerza al brazo de mi padre, buscando un ancla que no existía. Pasé saliva amarga, sintiendo el nudo en la garganta, y parpadeé con fuerza para retener las lágrimas que amenazaban con emborronar mi visión. Al llegar frente a Lin, mi padre cogió mi mano y la colocó en la de él. No hubo discurso, ni sonrisa, ni una pizca de sentimiento de por medio. Solo una frase breve y cortante que me terminó de romper:
—Ahora es tu responsabilidad.
Soltó mi mano y se alejó sin mirar atrás, dejándome sola con ese extraño que ahora era mi dueño.
Mis dedos temblaban apenas, pero por dentro era un terremoto. El corazón me latía errático, desbocado, golpeándome contra la pared de las costillas con una fuerza que me mareaba. Sentía que latía demasiado rápido para ser normal, como si intentara escapar de mi pecho.
¿Por qué me hiciste esto?, le pregunté a Liyan en silencio, gritándole a su fantasma.
Ella me había condenado. Me había arrastrado al infierno y ni siquiera se había molestado en mirar hacia atrás. Pero siempre se había portado de esa manera, ¿no? Siempre fue egoísta y envidiosa. Pero ¿qué me envidiaba si yo nunca tuve nada? Todo se lo dieron a ella, mientras que yo solo recibía las migajas, los restos de una atención que nunca fue mía. Y ahora, me quedaba también con su castigo.
Lin soltó mi mano en cuanto pudo, como si el contacto le pesara o le diera asco. Giró al frente y movió los hombros, un gesto casi imperceptible para quitarse una carga de encima. A mí también me pesaba. Tenía el cuerpo entumecido por el miedo de lo que pudiera o no hacerme. No sabía si era peligroso o agresivo, si era de esos hombres que apagan su furia contra su esposa solo por el hecho de tener voz propia.
La ceremonia fue afortunadamente breve, aunque cada segundo pareció una hora. Un maestro de ceremonias habló de la unión entre las familias, sobre prosperidad, respeto y un futuro compartido. Eran palabras huecas que resonaban en el salón como ecos en una cueva, sin emoción real.
Llegó el momento de los anillos. Primero, Lin tomó mi mano. Su contacto fue firme, pero terriblemente distante; no era la mano de un amante, sino la de un ejecutivo cumpliendo un trámite. El metal frío del anillo se deslizó por mi dedo, sellando mi jaula. Después fue mi turno. Mis dedos temblaron visiblemente al colocar el anillo en la mano de Lin, aunque dudé que alguien más lo notara entre tanto lujo, o que a él le importara. Él estaba allí físicamente, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia, quizás planeando su siguiente movimiento de poder.
Un aplauso contenido y educado recorrió el salón cuando el maestro de ceremonias declaró finalizada la unión. Estaba casada. Estaba perdida.
El banquete se celebró en un salón contiguo aún más grande, un espacio de techos altísimos donde el eco de las voces se mezclaba con el tintineo de la cubertería de plata. Mesas cubiertas con manteles de seda color marfil llenaban la sala; la textura era tan suave que parecía pecado rozarla. En el centro de cada una, los arreglos florales de peonías blancas, lirios y pequeñas ramas de ciruelo desprendían un aroma dulce que, combinado con el calor del lugar, empezaba a marearme.
Las mesas ya estaban cubiertas con una impresionante cantidad de platillos que desfilaban ante mis ojos como una exhibición de poder: pescado al vapor con jengibre, dumplings delicados que parecían de porcelana, pato laqueado de piel crujiente, mariscos y sopas aromáticas que soltaban hilos de vapor. Las copas de cristal y las botellas de licor caro reflejaban la luz de los candelabros, creando destellos que me obligaban a bajar la vista.
Los invitados hablaban con más libertad ahora, relajados por el alcohol, pero sus miradas seguían posándose sobre mí con una curiosidad afilada. Yo era la pieza nueva en la vitrina de los Lin.
Tianyu ni siquiera se tomó la molestia de tomar mi mano para entrar juntos al salón. Caminó por delante, ignorándome, sin que le importara que su padre le echara una mirada aniquiladora desde lejos; una mirada tan cargada de odio que casi parecía que iba a ir por él para reprenderlo frente a todos como a un niño.
—¡Liyan! —Una chica joven se acercó a mí a toda prisa. Antes de que pudiera reaccionar, me abrazó con una efusividad que me dejó sin aire.
Se apartó un poco y me dedicó una sonrisa radiante que iluminó su rostro.
—Eres más bonita de lo que me imaginaba —dijo, observándome con genuina admiración.
Tenía el cabello oscuro y lacio, y una energía que contrastaba violentamente con la rigidez de su hermano. Tomaba mis manos con una familiaridad que, por extraño que pareciera, me reconfortó. Era el primer contacto humano en todo el día que no se sentía como una transacción.
—Ella es Meilin, mi hermana —nos presentó Lin con voz monótona—. Ella es mi madre —hice un ligero asentimiento con la cabeza ante la matriarca, una mujer que se veía amable pero extrañamente sumisa, de esas que prefieren guardar silencio y bajar la vista antes de que el esposo suelte el primer golpe—. Y ese de ahí —señaló con cautela al hombre que lo acompañó en la ceremonia, que ahora comía con disimulo en una mesa cercana—, es mi primo, Zhenyu.
—Es un gusto conocerlas —alcancé a decir, tratando de que mi voz no sonara tan rota como me sentía.
—El gusto es nuestro —respondió Meilin—. Vamos, tienes que sentarte.
Me condujo a la mesa principal bajo la atenta mirada de Tianyu y de su madre. Observé a la mujer con detenimiento; esperaba que no fuera una de esas suegras metiches que envenenan la cabeza de sus hijos con chismes porque ninguna mujer les parece suficiente para su vástago. Rogaba por que pudiéramos llevarnos bien, o al menos, coexistir en paz.
—Vas a vivir con nosotros, así que nos vamos a ver mucho. Te lo aseguro —añadió Meilin mientras nos sentábamos.
En cuanto estuve frente a mi sitio, cogí una copa y la bebí de golpe. El líquido me quemó la garganta, pero necesitaba algo que apagara la sequedad de mi boca y calmara mis nervios de punta.
—Hemos escuchado hablar mucho de ti —comentó Meilin, sin dejar de mirarme.
—Ah, ¿sí? —el corazón me dio un vuelco. ¿Qué sabían de "Liyan"?—. Sí... supongo que sí —musité, tratando de no parecer sospechosa.
—Yo también he escuchado hablar de ustedes —mentí, bebiendo de nuevo para ganar tiempo.
—Me lo imagino —ella cogió un mechón de su cabello y lo enredó en su dedo, jugando distraídamente—. La casa es demasiado grande para nosotros. Dime, ¿tienes mascotas?
Asentí, pensando en lo único que me quedaba de mi verdadera vida. —Una gata. Su nombre es Hana.
Meilin aplaudió con una alegría casi infantil, como si le hubiera dado la mejor noticia del mundo.
—¡Qué bien! Mi hermano tiene un perro, un doberman de nombre Khan.
Abrí los ojos de par en par y sentí que la sangre se me congelaba. Aquello sí me dio miedo de verdad. ¿Un doberman?
—¿Un perro? —la voz me traicionó, saliendo en un temblor evidente.
—Pero no te preocupes —Meilin notó mi palidez de inmediato—. No es agresivo. Hemos tenido gatos antes y nunca los ha herido. Khan es... especial.
—Eso espero —susurré para mis adentros, aunque ella llegó a escucharme.
—Te lo aseguro —levantó la mano como si hiciera un juramento sagrado—. Sé que este matrimonio ni siquiera te importa, que todo se hizo para unir a las familias.
Miré de reojo en dirección a Tianyu. Él hablaba de algo con su primo y, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los míos. Aparté la mirada de inmediato, sintiendo un escalofrío.
—Pero te aseguro algo —continuó Meilin, bajando el tono de voz y tomándome las manos con delicadeza—: mi hermano te va a cuidar de quien intente hacerte daño.
La miré a los ojos, buscando alguna señal de engaño. Parecía sincera, o quizás era una actriz tan buena como yo estaba intentando serlo.
—No tiene por qué hacerlo —respondí, sintiendo una amargura repentina—. No le importo. Para él solo soy un contrato firmado.
—Ahora sí le importas, porque eres su esposa.
—Si no lo hace tampoco importa mucho, no es su obligación quererme.
—Solo quiero que sepas que haremos lo que sea para que te sientas cómoda en casa, para que no te falte nada —concluyó ella, apretando mis dedos.
Un nudo doloroso se formó en mi garganta. Sus palabras eran las que siempre quise escuchar de mis propios padres, y que me las dijera una desconocida mientras yo le mentía en la cara me hacía sentir la peor persona del mundo. Tragué saliva con dificultad, luchando por no llorar frente a ella y arruinar el maquillaje de una novia que no existía.
Durante la cena, recorrimos las mesas como si estuviéramos cumpliendo una sentencia. Cada saludo era una mezcla de formalidad asfixiante y evaluación silenciosa; sentía los ojos de los invitados recorriéndome, diseccionando a la mujer que ahora llevaba el apellido Lin. Sonreía con un nerviosismo que me entumecía los labios, con el miedo latente de que alguien descubriera la verdad. Que un solo error, una palabra fuera de lugar, le gritara a Tianyu que yo no era Liyan, sino una impostora.
Respondía con cortesía, pero con cada paso sentía que el suelo desaparecía bajo mis pies. Había cruzado un umbral sin retorno.
Recibí elogios por el vestido, por el peinado, por mi belleza… palabras vacías de desconocidos que no provocaban nada en mi interior. Mantenía una máscara perfecta, con una sonrisa amplia y mirada suave, pero por dentro me estaba muriendo. El pánico era tan denso que tropecé un par de veces; sentía oleadas de náuseas y un deseo desesperado de huir. Quería arrancarme ese vestido que me apretaba hasta el alma, que se sentía como una armadura de seda impidiéndome respirar.
Cuando el banquete terminó y los últimos brindis se apagaron, la música también cesó, dejando un silencio denso. Observé por última vez el salón. Todo seguía siendo hermoso —las flores, las luces, el lujo—, pero nada de aquello se parecía a la boda que alguna vez imaginé en mis sueños. Me di cuenta de que no había ido allí para casarme; había ido para convertirme en una propiedad de un mundo del que no sabía nada.
—No hablas mucho —dijo él a mi lado. Su voz me sobresaltó.
Dudé un segundo, retorciendo la tela de mi falda hasta que mis nudillos blanquearon.
—No sé qué se supone que debería decir.
Ya no quedaba nadie. Sus padres y los míos se habían marchado horas atrás. El padre de Tianyu se veía decrépito, agotado, como si estuviera a un solo suspiro de dejar este mundo y quisiera llevarse sus secretos con él.
—Ya no hay nadie. Lo mejor es que nos vayamos.
Asentí en silencio y lo seguí hacia la salida, arrastrando el peso de mi falda. En la entrada, mi madre esperaba de pie, sosteniendo la transportadora de Hana con una rigidez absoluta.
—Mamá —murmuré, pasando al lado de Lin para coger a mi gata.
—Te traje a Hana y tus pertenencias —dijo ella con frialdad. Por encima de su hombro, vi al chofer cargando maletas en una camioneta. Ni siquiera me avisaron que harían esto. Siempre era la última en enterarme de mi propio destino.
—Gracias —mi madre se acercó para un abrazo que duró más de lo que solía ofrecerme. Pero antes de soltarme, se inclinó hacia mi oído.
—No arruines esto.
La frase me erizó la piel como un latigazo. No hubo un "te quiero", ni un "cuídate", ni un "llámame si tienes miedo". Solo una orden: no dejes que sospechen, no dejes que sepan que Liyan huyó. Me dio la espalda, subió al auto y se alejó. Ambos estaban esperando este momento para deshacerse de mí, como quien saca la basura de casa.
—Nos vamos —informó Lin, ajeno a mi desolación.
Subimos a la camioneta y una caravana de coches negros nos escoltó hasta un aeropuerto privado. El jet era un despliegue de opulencia que ni siquiera pude apreciar. En cuanto despegamos hacia Shanghái, la presión en mi pecho se volvió insoportable.
—¿Te dijo mi hermana que tenemos un perro? —preguntó él de la nada, mirando hacia la transportadora.
—Sí, me dijo —musité—. También me aseguró que no le hará nada a Hana.
—¿Hana? —inquirió, alzando una ceja con una curiosidad mínima.
—Ese es su nombre.
Por primera vez manteníamos algo parecido a una conversación. Lin no dijo nada más; sus cejas se alzaron con suavidad y volvió la vista hacia la ventanilla, perdiéndose en las nubes.
—Tus padres se fueron muy pronto —comenté para romper el silencio.
—Mi padre no se encuentra bien de salud.
—Entiendo.
Transcurrieron los minutos y el vestido empezó a asfixiarme de verdad. La tela me picaba, las varillas del corsé se me clavaban en las costillas. No podía más.
—¿Dónde puedo cambiarme? —pregunté con urgencia.
Él se limitó a señalar hacia el fondo del jet sin mirarme. Cogí mi bolso y caminé hacia el pequeño baño. En cuanto cerré la puerta, la rabia estalló. Me quité los zapatos y los arrojé al suelo con coraje; me deshice del peinado tirando de las horquillas hasta que me dolió el cuero cabelludo. Al final, me quité el vestido. Lo arrojé con tanta fuerza que la pesada tela golpeó el suelo con un sonido seco, un eco de mi propia caída.
Solté un par de lágrimas que me quemaron las mejillas, pero las limpié con furia. No lloraría por Liyan. Ya lo había hecho bastante y nunca solucionó nada. No le daría ese poder cuando ella me había dejado aquí para pagar una deuda que no era mía.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Giré, paralizada, y allí estaba él. Lin me miraba, casi desnuda, con esa misma expresión impasible que ahora se resquebrajaba por la sorpresa.
El pánico se convirtió en puro instinto. Solté un grito que desgarró el silencio del jet y agarré uno de mis tacones del suelo.
—¡Cierra la puerta, depravado! —le grité, lanzándole el zapato directo a la cabeza con toda mi rabia acumulada.







