Y la sensación caliente que comenzaba a recorrer mi cuerpo, se disipó de golpe. Lo miré, molesta y más ofendida que nunca.
—No entiendo de qué habla...
Solté un quejido bajo cuando envolvió mi cintura con un brazo y brusco me pegó a su pecho. Sonrió sin humor, mirándome con esos azules ojos cargados de incredulidad.
—¿Crees que no te vigilo? Eres una descarada.
Me llené de indignación.
—Te vi abrazada a ese mocoso cuando llegué, como una niña, ¿te gustó tanto?
Solté un pequeño grito cuando