Mateo
El silencio que siguió al estruendo de los disparos era casi tan ensordecedor como las detonaciones mismas. Mateo permanecía inmóvil, con el arma aún caliente entre sus manos temblorosas. La adrenalina corría por sus venas como fuego líquido mientras observaba al hombre que había herido retorcerse en el suelo a unos metros de distancia. El atacante se sujetaba el hombro, donde la bala de Mateo había impactado con precisión quirúrgica.
—¡Luna! —gritó cuando la realidad lo golpeó de nuevo.