Alan quedó en blanco por un instante, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se desmoronaba. Un dolor indescriptible lo acometió, atravesándolo como una daga que giraba lenta y cruelmente en su pecho. Sus piernas flaquearon y comenzó a caminar tambaleante, como si cada paso fuera una lucha contra la gravedad misma, hasta llegar donde yacían su sobrino y su hijo. Cuando sus ojos se posaron en el cuerpo inerte de su pequeño niño, una oleada de desesperación lo paralizó. Con manos temblorosas, se