—¿Qué es este lugar de mierda? —gruñó Haniel levantándose con esfuerzo, sacudiéndose el polvo del abrigo como si el simple contacto con el suelo lo ofendiera—. ¡Cállate, maldito perro!
Peter, que hasta entonces no había dejado de ladrar, mostró los dientes. El pelaje erizado, el gruñido bajo y constante vibrándole en el pecho, como un aviso que no estaba dispuesto a repetir dos veces.
—¿Quieres morderme, pulgoso? —bufó Haniel con una mueca de indignación—. ¿No recuerdas quién te rescató, saco d