Avanzaba por las calles empedradas de Sighișoara con la seguridad de alguien que había caminado por esos pasillos durante muchos años. La niebla subía desde los cimientos de la ciudadela y se enroscaba en sus botas, mientras las casas de colores apagados parecían observarlo, con ventanas cerradas a propósito. No corría. Nunca corría. En Transilvania, solo los no mágicos se apresuraban.
—¿Ves? —murmuró Gerard desde una azotea baja, ajustándose el abrigo con toda la calma del mundo—. Te dije que