CAPÍTULO 22 — Pequeño accidente
Isabella dormía plácidamente, envuelta entre las sábanas. No era un sueño profundo; se movía de a ratos, giraba sobre la almohada y suspiraba. Pero entonces, entre la penumbra, percibió algo que le resultó familiar: el inconfundible perfume de su marido.
Aquel aroma la reconfortó. Sonrió apenas, sin abrir los ojos, pero en cuanto sintió el roce cálido de unos labios sobre su frente, los abrió lentamente.
— ¿Amor… ya te vas? —preguntó con voz somnolienta.
Gabriel