CAPÍTULO 192 — Una disculpa al enemigo
El destino, a veces, tiene un sentido del humor macabro y una sincronización perfecta para el drama. Justo en el momento en que el taxi de Isabella desaparecía en la noche un sedán negro de vidrios tintados se deslizaba silenciosamente hacia la entrada del estacionamiento del restaurante.
— Llegamos, preciosa —anunció Gonzalo, mirando por la ventanilla—. Aunque parece que nos perdimos el espectáculo principal.
Bárbara siguió la mirada de su nuevo socio y amante. Vio a Gabriel, parado en medio del asfalto con los hombros caídos, derrotado, mirando hacia la nada. Y vio el taxi que se alejaba.
— No nos lo perdimos, Gonzalo —corrigió ella con una sonrisa maliciosa—. Llegamos justo para el epílogo.
Bárbara reconoció la postura de Gabriel. Era la postura de un hombre que acaba de perder una batalla importante. Había presenciado, desde la seguridad del coche en movimiento, los últimos gestos de la pelea: la furia de Isabella, la impotencia de Gabriel. E