CAPÍTULO 172 — Un nuevo amanecer
Isabella se sentó en la cama, sintiendo el cuerpo pesado y los ojos hinchados por el llanto de la noche anterior. Sin embargo, algo había cambiado. El vacío desgarrador que había sentido al salir del apartamento de Gabriel, esa sensación de estar cayendo por un precipicio sin fondo, se había detenido.
Se llevó la mano al vientre. Un gesto que, en menos de veinticuatro horas, se había convertido en su ancla a la tierra.
— No me voy a dejar caer —susurró a la habitación vacía, con una voz ronca pero firme—. No tengo opción. Ya no soy solo yo. Somos dos.
Se levantó, se lavó la cara con agua fría hasta sentir que la piel se despertaba, y se vistió con ropa cómoda pero presentable. No más pijama, no más escondites.
Bajó a la sala. Catalina, su madre, estaba en la cocina preparando el desayuno, pero la sala ya no estaba vacía. Fátima y Valeria estaban allí, sentadas en el sofá con tazas de té en las manos, hablando en susurros como si estuvieran en una bibli