La furgoneta se detuvo frente a una cabaña de madera podrida, en una zona de bosque denso y olvidado.
Ingrid abrió las puertas traseras con una sonrisa triunfal, esperando encontrar a una Elena inconsciente y babeando. Pero Elena estaba despierta. Sus ojos avellana estaban fijos en Ingrid, fríos y calculadores.
—Vaya, la ratoncita tiene aguante —se burló Ingrid, agarrándola del pelo para sacarla a rastras.
Elena no se resistió. Dejó que la arrastrara hacia dentro de la cabaña. Necesitaba guardar fuerzas. Necesitaba evaluar el entorno. La cabaña tenía una sola habitación. Había herramientas de caza oxidadas en las paredes: ganchos, cuchillos, trampas para osos.
Ingrid lanzó a Elena contra una silla vieja y sacó una navaja de plata de su bolsillo. —¿Sabes? Mikael nunca te amó —dijo Ingrid, caminando en círculos alrededor de ella—. Solo le gustaba que fueras exótica. Pero cuando vea tu cara desfigurada... cuando te corte esa bonita piel... me suplicará que vuelva con él.
Ingrid se acercó