La furgoneta se detuvo frente a una cabaña de madera podrida, en una zona de bosque denso y olvidado.
Ingrid abrió las puertas traseras con una sonrisa triunfal, esperando encontrar a una Elena inconsciente y babeando. Pero Elena estaba despierta. Sus ojos avellana estaban fijos en Ingrid, fríos y calculadores.
—Vaya, la ratoncita tiene aguante —se burló Ingrid, agarrándola del pelo para sacarla a rastras.
Elena no se resistió. Dejó que la arrastrara hacia dentro de la cabaña. Necesitaba guardar