El silencio que siguió a la violencia fue más aterrador que el sonido de la pelea. En el centro de la cabaña, ahora reducida a un esqueleto de madera astillada y muebles volcados, la muerte penda de un hilo. O más bien, de un colmillo.
El lobo gigantesco, una montaña de pelaje negro y furia primordial, tenía las fauces abiertas a escasos milímetros de la garganta de Ingrid. El aire apestaba a ozono, a madera quemada y al olor metálico del miedo. Fenrir, la bestia que vivía dentro de Mikael, hab