El silencio que siguió a la violencia fue más aterrador que el sonido de la pelea. En el centro de la cabaña, ahora reducida a un esqueleto de madera astillada y muebles volcados, la muerte penda de un hilo. O más bien, de un colmillo.
El lobo gigantesco, una montaña de pelaje negro y furia primordial, tenía las fauces abiertas a escasos milímetros de la garganta de Ingrid. El aire apestaba a ozono, a madera quemada y al olor metálico del miedo. Fenrir, la bestia que vivía dentro de Mikael, había tomado el control absoluto. Su respiración era un fuelle caliente y húmedo que golpeaba el rostro pálido de la traidora. Hilos de saliva espesa y sangre ajena goteaban desde sus dientes, cayendo sobre la mejilla de Ingrid, quien cerró los ojos con fuerza. Su cuerpo se tensó, esperando el crujido final, el desgarro húmedo que separaría su cabeza del cuerpo y acabaría con su miserable existencia.
—¡NO!
El grito de Elena rasgó el aire helado, cargado de una autoridad que no parecía pertenecer a