La oscuridad en la parte trasera de la furgoneta no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad física, densa y sofocante que olía a sangre seca, óxido y terror rancio. Elena rodó violentamente sobre el suelo de metal corrugado cuando el vehículo tomó una curva cerrada con una agresividad suicida. Su hombro impactó contra una caja de herramientas suelta, arrancándole un gemido que se ahogó en la mordaza improvisada.
El dolor fue agudo, pero lejano. La droga —acónito diluido, calculó su