La oscuridad en la parte trasera de la furgoneta no era simplemente la ausencia de luz; era una entidad física, densa y sofocante que olía a sangre seca, óxido y terror rancio. Elena rodó violentamente sobre el suelo de metal corrugado cuando el vehículo tomó una curva cerrada con una agresividad suicida. Su hombro impactó contra una caja de herramientas suelta, arrancándole un gemido que se ahogó en la mordaza improvisada.
El dolor fue agudo, pero lejano. La droga —acónito diluido, calculó su mente científica a través de la neblina gris que amenazaba con devorarla— estaba haciendo su trabajo. Sentía las extremidades pesadas, como si sus venas estuvieran llenas de plomo fundido en lugar de sangre. Cada latido de su corazón era un esfuerzo titánico, un tambor lento y doloroso que resonaba en sus sienes.
«No te duermas. Por lo que más quieras, no cierres los ojos. Si te duermes, no despiertas».
Desde la cabina del conductor, una risa aguda y desquiciada se filtró a través de la mampara