Islandia era el lugar perfecto para ellos. Una tierra de contrastes violentos: glaciares eternos durmiendo sobre volcanes activos. Tal como Eirik.
Habían pasado tres días recorriendo el Círculo Dorado. Emma había visto la fuerza bruta de la naturaleza en la cascada de Gullfoss y el estallido de los géiseres, siempre con la mano de Eirik en la baja espalda, guiándola, protegiéndola del viento cortante. Pero Eirik estaba impaciente. El turismo estaba bien, pero él quería privacidad. Quería a Emma lejos de las miradas de curiosos, lejos de los guardias, lejos de todo.
Al caer la noche, llegaron a la Laguna Secreta en Flúðir. Emma se sorprendió al ver el aparcamiento vacío. No había turistas. No había autobuses. Las luces del complejo estaban apagadas, salvo por la iluminación suave y vaporosa que venía del agua termal natural.
—Eirik... está cerrado —dijo Emma, mirando el cartel.
Eirik apagó el motor del todoterreno y la miró con esa media sonrisa arrogante que a ella empezaba a volverla