El jet privado de la Familia Berg aterrizó en la pista privada de Helsinki bajo una lluvia ligera. Eirik bajó la escalerilla primero, tendiéndole la mano a Emma. Ambos brillaban. El viaje a Islandia los había transformado; Eirik ya no tenía esa aura de hielo perpetuo, sino una intensidad tranquila y magnética. Emma caminaba con la seguridad de una mujer que acaba de ser amada por un dios.
Pero la sonrisa de Eirik se borró en cuanto sus pies tocaron el asfalto. Bjorn los esperaba al pie de la escalerilla. No llevaba traje de gala, sino su armadura táctica completa. Detrás de él, dos pelotones de la Guardia de Élite estaban en formación de combate.
—No guardes las maletas —dijo Bjorn sin preámbulos, su rostro sombrío—. Tenemos una situación en la mansión.
—¿Un ataque? —preguntó Eirik, sus ojos violetas encendiéndose, poniéndose instintivamente delante de Emma.
—Peor —gruñó Bjorn—. Una ocupación.
Bjorn les entregó una tablet mientras subían al coche blindado. —Mientras estabais en Island