El Gran Salón del Aurora Glass Resort no se parecía a ningún evento de gala al que Stella o Emma hubieran asistido jamás en el mundo humano. No era solo el lujo desmedido —las lámparas de hielo que no se derretían, los camareros que se movían con una sincronización militar, o la comida que olía a especias desconocidas—; era la electricidad en el aire.
Una tensión estática, pesada y primitiva, vibraba contra la piel.
Stella Olsen, con su vestido verde esmeralda y una copa de vino que apenas habí