A la mañana siguiente, la atmósfera en la mansión era tensa. Elena había vestido a los trillizos con sus mejores ropas formales, aunque Bjorn ya había roto una costura de su camisa al estornudar y Thorsten intentaba desmontar su reloj inteligente a escondidas.
Mikael los reunió en el gran salón. —Escuchadme bien —dijo con voz severa—. Las personas que vienen hoy son... complicadas. Son el Consejo de los Antiguos. Son los guardianes de nuestras leyes más sagradas. No habléis a menos que os pregunten. Eirik, sobre todo tú... no uses tu Voz. Bajo ninguna circunstancia.
—Sí, padre —dijo Eirik, mirando al suelo.
Las puertas se abrieron. Entraron cinco figuras. Tres hombres y dos mujeres. No parecían viejos, pero sus ojos tenían una profundidad que delataba siglos de vida. Vestían túnicas de lino gris y no llevaban armas, porque no las necesitaban.
El líder, un hombre de piel pálida y cabello blanco llamado Varik, se adelantó. —Alfa Supremo Berg —dijo Varik con una voz que sonaba como hojas