El búnker estaba iluminado solo por el resplandor azul de seis monitores. El aire zumbaba con el sonido de los procesadores trabajando al límite.
Thorsten, sentado en una silla giratoria que le quedaba grande, tecleaba con una velocidad que hacía que sus pequeños dedos fueran borrosos. Tenía una piruleta en la boca y el ceño fruncido en concentración absoluta.
—Sus servidores están protegidos con magia rúnica, mamá —dijo el niño, escupiendo la piruleta en un pañuelo—. Es código antiguo. Basado