Tres años habían pasado desde el intento de secuestro de Victoria y el desastre de Ginebra. La paz reinaba en la superficie, pero dentro de la Mansión del Bosque Oscuro, la vida era... complicada.
Eran las tres de la madrugada. Mikael dormía profundamente, abrazado a Elena. De repente, ambos se despertaron de golpe. No por un ruido, sino por una sensación de presión atmosférica aplastante.
Los cristales de las ventanas vibraban. Los muebles temblaban. —Eirik... —susurró Elena, saltando de la cama y poniéndose una bata.
Corrieron por el pasillo hacia el ala de los niños. Al llegar a la puerta de la habitación de Eirik, vieron a los guardias de turno desmayados en el suelo, roncando ruidosamente.
—Está teniendo una pesadilla otra vez —dijo Mikael, intentando abrir la puerta. Estaba cerrada, no con llave, sino con pura fuerza telequinética.
—¡Eirik! —llamó Elena, golpeando la madera—. ¡Cariño, despierta! ¡Es solo un sueño!
Mikael tuvo que usar su fuerza de Alfa para empujar la puerta, lu