La mañana del memorial siempre era gris en la mansión, pero dentro de la suite principal, el aire ardía.
Elena estaba frente al espejo de cuerpo entero, intentando abrocharse el vestido negro de luto. Sus manos temblaban ligeramente. A pesar de los años, el dolor de ver a su hijo Eirik sufrir la convertía en un manojo de nervios cada aniversario. —Maldita cremallera... —murmuró, frustrada.
Mikael salió del baño. Llevaba solo una toalla a la cintura, su cuerpo de Alfa inmortal todavía tan duro y marcado como el día que se conocieron. Como si aun tuviera no mas de 40 anos. El agua goteaba por su pecho ancho. Vio la tensión en los hombros de su esposa. Olió su ansiedad.
Sin decir una palabra, Mikael caminó hacia ella. No la ayudó con la cremallera. En su lugar, agarró la tela del vestido y la rasgó con un movimiento brusco hacia abajo. —¡Mikael! —jadeó Elena, girándose sorprendida—. ¡Ese vestido era de seda italiana! Era muy costoso.
—Me importa una mierda el vestido —gruñó Mikael.
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