Abajo, en el Gran Salón, la definición de "caos" se quedaba corta; aquello era una catástrofe atmosférica y emocional.
Los empleados del servicio de catering intentaban colocar los centros de mesa florales, pero la tarea era casi imposible. El ala este del salón estaba sufriendo un bajón de temperatura ártico que congelaba el agua de los jarrones al instante, mientras que, en el ala oeste, las lámparas de araña inteligentes parpadeaban en un código morse frenético, respondiendo al estado mental de su dueño.
En el centro del huracán, dos hombres de casi dos metros caminaban en círculos concéntricos, como leones enjaulados a punto de devorarse a sí mismos.
Bjorn, sentado en una silla de terciopelo con la tranquilidad de quien ve una película, mordió su manzana. El sonido crujiente, crunch, pareció ser el detonante.
Eirik y Thorsten se detuvieron en seco al mismo tiempo, girándose hacia su hermano menor con los ojos desorbitados. El aire se tensó, una mezcla de escarcha y estática. Y ent