El Nivel 4 del búnker subterráneo zumbaba con el sonido de los ventiladores de refrigeración. Lo que Mikael había diseñado como un refugio de pánico, Elena lo había transformado en la NASA.
Rodeada de seis monitores curvos, Elena tecleaba a una velocidad vertiginosa. Su rostro estaba pálido, y de vez en cuando se llevaba una mano al vientre abultado, haciendo una mueca de incomodidad, pero sus ojos brillaban con determinación fría.
Mikael estaba sentado detrás de ella, en una silla táctica, vigilando sus constantes vitales en un monitor médico mientras fingía leer informes. —Tu ritmo cardíaco ha subido a 110, Elena. Tómate un descanso —advirtió él.
—Estoy cerca, Mikael. Lo siento. —Elena no apartó la vista de la pantalla—. Ingrid es torpe. Está intentando vaciar tus cuentas en las Islas Caimán.
—Déjala que se lleve el dinero. No me importa.
—A mí sí. Es un insulto a mi inteligencia. —Elena pulsó una tecla con fuerza—. Bloqueada. He invertido el algoritmo. Ahora, cada vez que intente a