El sonido llenaba la clínica privada de la mansión. No era un sonido suave; era un redoble de tambores de guerra. Rápido, fuerte, sincronizado.
Bum-bum-bum... Bum-bum-bum... Bum-bum-bum...
La doctora Valo, una loba anciana y la sanadora más respetada del norte, movió el transductor del ecógrafo sobre el vientre de Elena con una expresión que oscilaba entre el milagro y el pánico absoluto.
Mikael estaba de pie junto a la camilla, aferrando la mano de Elena con tanta fuerza que sus nudillos estab