El sonido llenaba la clínica privada de la mansión. No era un sonido suave; era un redoble de tambores de guerra. Rápido, fuerte, sincronizado.
Bum-bum-bum... Bum-bum-bum... Bum-bum-bum...
La doctora Valo, una loba anciana y la sanadora más respetada del norte, movió el transductor del ecógrafo sobre el vientre de Elena con una expresión que oscilaba entre el milagro y el pánico absoluto.
Mikael estaba de pie junto a la camilla, aferrando la mano de Elena con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Su rostro había perdido todo color. —Dígalo, doctora —ordenó Mikael con voz ronca—. ¿Qué es ese ruido? ¿Por qué suena así?
La doctora Valo se quitó las gafas y miró a su Alfa, luego a su Luna. —No es un bebé, mi señor. Ni son dos.
Elena se incorporó ligeramente, sintiendo una mezcla de náusea y asombro. —¿Qué...?
—Son tres —sentenció la doctora—. Trillizos. Tres varones.
Un silencio pesado cayó sobre la habitación, solo roto por el sonido amplificado de los tres corazones galopando a