La luz de la mañana inundó la habitación de Eirik, pero él ya llevaba horas despierto. Se sentía... renacido. La pesadez en su pecho, ese dolor constante de contener un océano de energía, había desaparecido. Se sentía ligero, fuerte y enfocado.
Y la razón de su paz estaba dormida en el sillón junto a su cama. Eirik observaba a Aurora con una fascinación absoluta. Memorizaba cada respiración, cada pestaña rubia, la forma en que sus manos se movían ligeramente en sueños. Su lobo interior ronroneaba, satisfecho. «Ella. Ella es el ancla. Ella es el hogar.»
Aurora se removió y abrió los ojos. Al ver a Eirik sentado en la cama, mirándola intensamente, se sobresaltó. —Tú... estás despierto.
Eirik sonrió. Fue una sonrisa real, la primera en años, que iluminó sus ojos violetas. —Gracias a ti. Me has salvado, Aurora.
Aurora se frotó los brazos. Se sentía diferente. Sus sentidos estaban amplificados: podía oír el zumbido de la electricidad en las paredes y oler el café que alguien preparaba dos