La luz de la mañana inundó la habitación de Eirik, pero él ya llevaba horas despierto. Se sentía... renacido. La pesadez en su pecho, ese dolor constante de contener un océano de energía, había desaparecido. Se sentía ligero, fuerte y enfocado.
Y la razón de su paz estaba dormida en el sillón junto a su cama. Eirik observaba a Aurora con una fascinación absoluta. Memorizaba cada respiración, cada pestaña rubia, la forma en que sus manos se movían ligeramente en sueños. Su lobo interior ronronea