La cinta policial amarilla aleteaba violentamente bajo la tormenta, un contraste ridículo frente al horror que intentaba contener. El puerto de Helsinki no olía a salitre ni a combustible esa mañana. Olía a matadero. La lluvia caía en cortinas pesadas, grisáceas, intentando lavar la sangre que empapaba el asfalto, pero había demasiada. Era un río carmesí que se negaba a desaparecer.
Las puertas del vehículo blindado se abrieron con un siseo hidráulico. Tres figuras imponentes descendieron, sus