La cinta policial amarilla aleteaba violentamente bajo la tormenta, un contraste ridículo frente al horror que intentaba contener. El puerto de Helsinki no olía a salitre ni a combustible esa mañana. Olía a matadero. La lluvia caía en cortinas pesadas, grisáceas, intentando lavar la sangre que empapaba el asfalto, pero había demasiada. Era un río carmesí que se negaba a desaparecer.
Las puertas del vehículo blindado se abrieron con un siseo hidráulico. Tres figuras imponentes descendieron, sus botas chapoteando en los charcos rojizos.
Bjorn se detuvo el primero. El General, acostumbrado a desmembrar enemigos con su espada, tuvo que tragar saliva para contener una arcada.
—Joder... —murmuró Bjorn, pasando una mano enguantada por su rostro mojado—. He visto masacres, padre. He visto lo que hacen los osos hambrientos y lo que hacen los lobos rabiosos. Pero esto...
Señaló un cuerpo que apenas era reconocible como humano. Estaba retorcido en un ángulo imposible, como una muñeca de trapo de