Mientras en la mansión la magia antigua sanaba corazones rotos, en el Distrito Portuario de Helsinki, la realidad era mucho más sucia. La sangre no sanaba allí; corría espesa y caliente sobre el asfalto helado.
Una patrulla de la Coalición, compuesta por cuatro lobos veteranos curtidos en mil batallas fronterizas, realizaba su ronda habitual entre los contenedores oxidados. El ambiente estaba tranquilo. Demasiado tranquilo. El zumbido eléctrico de la ciudad aún se sentía inestable tras el apagón masivo de hacía unas horas.
Jeno, un lobo corpulento con una cicatriz que le cruzaba la ceja, se detuvo bajo el parpadeo de una farola defectuosa. Sacó un paquete de cigarrillos arrugado y golpeó un pitillo contra su muñeca.
—Te digo que fue el Príncipe —insistió Jeno, protegiendo la llama de su encendedor del viento del Báltico—. Ese chico, Eirik... tiene demasiados voltios en el cuerpo y muy poco control en la cabeza. Casi fríe la red eléctrica de medio país.
A su lado, Lars, su compañero de