Julian emergió de los escombros, lanzando un bloque de hormigón lejos con su brazo mecánico. Su cuerpo híbrido estaba magullado, pero el suero regenerativo ya estaba cerrando las heridas.
Se puso de pie, alcanzando la misma altura que el lobo gigante. La imagen era aterradora: La perfección de la naturaleza ancestral contra la perversión de la ciencia moderna.
—Mikael... —se rió Julian, extendiendo sus garras metálicas—. Llegas justo a tiempo para ver cómo te reemplazo.
Fenrir no habló. No perdió el tiempo en discursos. Atacó.
Fue un choque de trenes. El lobo embistió a Julian, clavando sus colmillos en el hombro orgánico de la abominación. Julian gritó y golpeó con su brazo de titanio en el costado del lobo, con la fuerza de una prensa hidráulica. El sonido de huesos rompiéndose y metal doblándose llenó la sala.
Elena, escondida detrás de una consola destrozada, miraba la pelea con el corazón en la garganta. Eran demasiado rápidos, demasiado fuertes. Cada golpe que intercambiaban des